El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.86
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Hubo un remolino en la masa de cuerpos humanos, y la mujer de la cabeza en forma de yelmo y las mejillas teñidas corrió hasta la orilla misma de la corriente. Él tendió las manos, gritó algo, toda aquella multitud salvaje continuó el grito en un coro rugiente, articulado, rápido e incesante. "´¿Entiende lo que dicen?´, le pregunté. "Él continuaba mirando hacia el exterior, más allá de mí, con ferocidad, con ojos ardientes, añorantes, con una expresión en que se mezclaban la avidez y el odio. No respondió. Pero vi una sonrisa, una sonrisa de indefinible significado, aparecer en sus labios descoloridos, que un momento después se crisparon convulsivamente. ´Por supuesto´, dijo lentamente, en sílabas entrecortadas, como si las palabras se le hubieran escapado por obra y gracia de una fuerza sobrenatural. "Tiré del cordón de la sirena, y lo hice porque vi a los peregrinos en la cubierta preparar sus rifles con el aire de quien se dispone a participar en una alegre francachela. Ante el súbito silbido, hubo un movimiento de abyecto terror en aquella apiñada masa de cuerpos. ´No haga usted eso, no lo haga. ¿No ve que los ahuyenta usted?´, gritó alguien desconsoladamente desde cubierta. Tiré de cuando en cuando del cordón. Se separaban y corrían, saltaban, se agachaban, se apartaban, se evadían del terror del sonido. Los tres tipos embadurnados de rojo se habían tirado boca abajo, en la orilla, como si hubieran sido fusilados. Sólo aquella mujer bárbara y soberbia no vaciló siquiera, y extendió trágicamente hacia nosotros sus brazos desnudos, sobre la corriente oscura y brillante. "Y entonces la imbécil multitud que se apiñaba en cubierta comenzó su pequeña diversión y ya no pude ver nada más debido al humo. "La oscura corriente corría rápidamente desde el corazón de las tinieblas, llevándonos hacia abajo, hacia el mar, con una velocidad doble a la del viaje en sentido inverso. Y la vida de Kurtz corría también rápidamente, desintegrándose, desintegrándose en el mar del tiempo inexorable. El director se sentía feliz, no tenía ahora preocupaciones vitales. Nos miraba a ambos con una mirada comprensiva y satisfecha; el asunto se había resuelto de la mejor manera que se podía esperar. Yo veía acercarse el momento en que me quedaría solo debido a mi apoyo a los métodos inadecuados. Los peregrinos me miraban desfavorablemente. Se me contaba ya. por así decirlo, entre los muertos. Me resulta extraña la manera en que acepté aquella asociación inesperada; aquella elección de pesadillas pesaba sobre mí en la tenebrosa tierra invadida por aquellos mezquinos y rapaces fantasmas.
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