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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.85

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.. concentrada, es cierto, sobre él mismo con horrible intensidad, y sin embargo con lucidez. Y en eso estribaba mi única oportunidad, fuera, por supuesto, de matarlo allí, lo que no hubiera resultado bien debido al ruido inevitable. Pero su alma estaba loca. Al quedarse solo en la selva, había mirado a su interior, y ¡cielos!, puedo afirmarlo, había enloquecido. Yo tuve (debido a mis pecados, imagino) que pasar la prueba de mirar también dentro de ella. Ninguna elocuencia hubiera podido marchitar tan eficazmente la fe en la humanidad como su estallido final de sinceridad. Luchó consigo mismo, también. Lo vi... lo oí. Vi el misterio inconcebible de un alma que no había conocido represiones, ni fe, ni miedo, y que había luchado, sin embargo, ciegamente, contra sí misma. Conservé la cabeza bastante bien, pero cuando lo tuve ya tendido en el lecho, me enjugué la frente, mi entras mis piernas temblaban como si acabara de transportar media tonelada sobre la espalda hasta la cima de una colina. Y sin embargo sólo había sostenido su brazo huesudo apoyado en mis hombros; no era mucho más pesado que un niño. "Cuando al día siguiente partimos a mediodía, la multitud, de cuya presencia tras la cortina de árboles había sido agudamente consciente todo el tiempo, volvió a salir de la maleza, llenó el patio de la estación, cubrió el declive de la colina con una masa de cuerpos desnudos que respiraban, que se estremecían, bronceados. Remonté un poco el río, luego viré y navegué con la corriente. Dos mil ojos seguían las evoluciones del demonio del río, que chapoteaba dando golpes impetuosos, azotando el agua con su cola terrible y esparciendo humo negro por el aire. Frente a la primera fila, a lo largo del río, tres hombres, cubiertos de un fango rojo brillante de los pies a la cabeza, se contoneaban impacientes. Cuando llegamos de nuevo frente a ellos, miraban al río, pateaban, movían sus cuerpos enrojecidos; sacudían hacia el feroz demonio del río un manojo de plumas negras, una piel repugnante con una cola colgante, algo que parecía una calabaza seca. Y a la vez gritaban periódicamente series extrañas de palabras que no se parecían a ningún sonido humano, y los profundos murmullos de la multitud interrumpidos de pronto eran como los responsos de alguna letanía satánica. "Transportamos a Kurtz a la cabina del piloto: allí había más aire. Tendido sobre el lecho, miraba fijamente por los postigos abiertos.


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