El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.83
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"Seguí el rastro... luego me detuve a escuchar. La noche era muy clara; un espacio azul oscuro, brillante de rocío y luz de estrellas, en el que algunos bultos negros permanecían muy tranquilos. Me pareció vislumbrar algo que se movía delante de mí. Estaba extrañamente seguro de todo aquella noche. Abandoné el rastro y corrí en un amplio semicírculo (supongo que en realidad me estaba riendo de mis propias argucias) a fin de aparecer frente a aquel bulto, a aquel movimiento que yo había visto... si es que en realidad había visto algo. Estaba cercando a Kurtz como si se tratara de un juego infantil. "Llegué donde él estaba y, de no haber sido porque me oyó acercarme, lo hubiera podido atrapar enseguida. Logró levantarse a tiempo. Se puso en pie, inseguro, largo, pálido, confuso, como un vapor exhalado por la tierra, se tambaleó ligeramente, brumosa y silenciosamente delante de mí, mientras que a mi espalda las fogatas brillaban entre los árboles y el murmullo de muchas voces brotaba del bosque. Lo había aislado hábilmente, pero en ese momento, al hacerle frente y recobrar los sentidos, advertí el peligro en toda su verdadera proporción. De ninguna manera había pasado. ¿Y si él comenzaba a gritar? Aunque apenas podía tenerse en pie, su voz era aún bastante vigorosa. ´¡Márchese, escóndase!´, dijo con aquel tono profundo. Era terrible. Miré a mis espaldas. Estábamos a unas treinta yardas de distancia de la fogata más próxima. Una figura negra se levantó, cruzó en amplias zancadas, con sus largas piernas negras, levantando sus largos brazos negros, ante el resplandor del fuego. Tenía cuernos... una cornamenta de antílope, me parece, sobre la cabeza. Algún hechicero, algún brujo, sin duda; tenía un aspecto realmente demoniaco. ´¿Sabe usted lo que está haciendo?´, murmuré. ´Perfectamente´, respondió, elevando la voz para decir aquella única palabra. Aquella voz resonó lejana y fuerte a la vez, como una llamada a través de una bocina. Pensé que si comenzaba a discutir estábamos perdidos. Por supuesto no era el momento para resolver el conflicto a puñetazos, aparte de la natural aversión que yo sentía a golpear aquella sombra... aquella cosa errante y atormentada. ´Se perderá usted, se perderá completamente´ murmuré. A veces uno tiene esos relámpagos de inspiración, ya sabéis. Yo había dicho la verdad, aunque de hecho él no podía perderse más de lo que ya lo estaba en aquel momento, cuando los fundamentos de nuestra amistad se asentaron para durar.
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