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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.82

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"Supongo que hubiera lanzado un grito de haber dado crédito a mis ojos. Pero al principio no les creí... ¡Aquello me parecía tan decididamente imposible! El hecho es que estaba yo del todo paralizado por un miedo total; era una especie de terror puro y abstracto, sin ninguna conexión con cualquier evidencia de peligro físico. Lo que hacía tan avasalladora aquella emoción era... ¿cómo podía definirlo?... el golpe moral que recibí, como si algo a la vez monstruoso, intolerable de concebir y odioso al alma, me hubiera sido impuesto inesperadamente. Aquello duró sin duda alguna sólo una mínima fracción de segundo, y después el sentimiento habitual de común y mortal peligro, la posibilidad de un ataque repentino y de una carnicería o algo por el estilo que me parecía estar en el aire fue recibida por mí como algo agradable y reconfortante. Me tranquilicé hasta tal punto que no di la voz de alarma. "Había un agente envuelto en un chaquetón, durmiendo en una silla, a unos tres pies de donde yo estaba. Los gritos no lo habían despertado; roncaba suavemente. Le dejé entregado a su sueño y bajé a tierra. Yo no traicionaba a Kurtz; estaba escrito que nunca había de traicionarle, estaba escrito que debía ser leal a la pesadilla que había elegido. Me sentía impaciente por tratar con aquella sombra por mi cuenta, solo... Y hasta el día de hoy no logro comprender por qué me sentía tan celoso de compartir con los demás la peculiar negrura de esa experiencia. "Tan pronto como llegué a la orilla, vi un rastro... un rastro amplio entre la hierba. Recuerdo la exaltación con que me dije: ´No puede andar; se está arrastrando a cuatro patas. Ya lo tengo.´ La hierba estaba húmeda por el rocío. Yo caminaba rápidamente con los puños cerrados. Imagino que tenía la vaga idea de darle una paliza cuando lo encontrara. No sé. Tenía algunos pensamientos imbéciles. La vieja que tejía con el gato penetraba en mi memoria como una persona sumamente inadecuada en el extremo de aquel asunto. Vi a una fila de peregrinos, disparando chorros de plomo con los winchesters apoyados en la cadera. Pensé que no volvería al barco, y me imaginé viviendo solitario y sin armas en medio de la selva hasta una edad avanzada. Futilezas por el estilo, sabéis. Recuerdo que confundí el batir de los tambores con el de mi propio corazón, y que me agradaba su tranquila regularidad.


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