El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.78
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La larga sombra de su cuerpo llegaba hasta el borde del agua. Su rostro tenía un trágico y feroz aspecto de tristeza salvaje y de un mudo dolor mezclado con el temor de alguna decisión apenas formulada con la que luchaba. De pie, inmóvil, nos miraba como la misma selva, con aire de cobijar algún proyecto inescrutable. Dejó transcurrir un minuto entero, y entonces dio un paso hacia adelante. Se oyó un ligero repiqueteo, brilló el metal dorado, oscilaron los flecos de la túnica, y entonces se detuvo como si el corazón le hubiera fallado. El joven que estaba a mi lado refunfuñó algo. Los peregrinos murmuraron a mis espaldas. Ella nos miró a todos como si su vida dependiera de la dureza e inflexibilidad de su mirada. De pronto abrió los brazos desnudos y los elevó rígidos por encima de su cabeza como en un deseo indómito de tocar el cielo, y al mismo tiempo las tinieblas se precipitaron de golpe sobre la tierra, pasaron velozmente sobre el río, envolviendo el barco en un abrazo sombrío. Un silencio formidable acompañó la escena. "Se dio vuelta lentamente, comenzó a caminar por la orilla y se dirigió hacia los arbustos de la izquierda. Sólo una vez sus ojos volvieron a contemplarnos, en la oscuridad de la espesura, antes de desaparecer. ´Si hubiera insistido en subir a bordo, creo que realmente habría disparado contra ella´, dijo el hombre de los remiendos, con gran nerviosismo. ´He arriesgado mi vida todos los días durante la última quincena tratando de mantenerla fuera de la casa. Un día logró entrar y armó un gran escándalo debido a unos miserables harapos que yo había recogido del almacén para remendar mis ropas. Debió haberle parecido un robo. Al menos eso imagino, porque estuvo hablando durante una hora y señalándome de vez en cuando. Yo no entiendo el dialecto de esta tribu. Por fortuna para mí, Kurtz se sentía ese día demasiado enfermo como para hacerle caso, de otro modo lo hubiera pasado muy mal. No comprendo... No... es demasiado para mí. Bueno, ahora todo ha pasado.´ "En ese momento escuché la profunda voz de Kurtz detrás de la cortina: ´¡Salvarme!... Salvar el marfil querrá usted decir. Usted interrumpe mis planes. ¡Enfemo! ¡Enfermo! No tan enfermo como a usted le gustaría creer. No importa. Yo llevaré a cabo mis proyectos... Yo volveré. Le mostraré lo que puede hacerse. Usted, con sus pequeñas ideas mezquinas.
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