El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.75
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Si hubiera tenido necesidad de arrastrarse ante el señor Kurtz, lo hubiera hecho como el salvaje más auténtico de todos ellos. Yo no tenía idea de la situación, el ruso me dijo que aquellas cabezas eran cabezas de rebeldes. Le ofendió extraordinariamente mi risa. ¡Rebeldes! ¿Cuál sería la próxima definición que debía yo oír? Había oído hablar de enemigos, criminales, trabajadores... ahora de rebeldes. Aquellas cabezas rebeldes me parecían muy apaciguadas desde sus postes. "´Usted no sabe cómo ha fatigado esta vida al señor Kurtz´, gritó su último discípulo. ´Bueno, ¿y a usted?´, le dije. ´¡A mí! ¡A mí! Yo soy un hombre sencillo. No tengo grandes ideas. No quiero nada de nadie. ¿Cómo puede compararme con...?´ Apenas acertaba a expresar sus sentimientos, de pronto se detuvo. ´No comprendo´, gimió. ´He hecho todo lo posible para conservarle con vida, y eso es suficiente. Yo no he participado en todo esto. No tengo ninguna capacidad para ello. Durante meses no ha habido aquí ni una gota de medicina ni un bocado para un hombre enfermo. Había sido vergonzosamente abandonado. Un hombre como él, con aquellas ideas. ¡Vergonzosamente! ¡Vergonzosamente! Yo no he dormido durante las últimas diez noches...´ "Su voz se perdió en la calma de la tarde. Las amplias sombras de la selva se habían deslizado colina abajo mientras conversábamos, llegando más allá de la ruinosa cabaña, más allá de la hilera de postes simbólicos. Todo aquello estaba en la penumbra, mientras nosotros, abajo, estábamos aún bajo los rayos del sol, y el espacio del río extendido ante la parte aún no sombreada brillaba con un fulgor tranquilo y deslumbrante, con una faja de sombra oscura y lóbrega encima y abajo. No se veía un alma viviente en la orilla. Los matorrales no se movían. "De pronto, tras una esquina de la casa apareció un grupo de hombres, como si hubieran brotado de la tierra. Avanzaban en una masa compacta, con la hierba hasta la cintura, llevando en medio unas parihuelas improvisadas. Instantáneamente, en aquel paisaje vacío, se elevó un grito cuya estridencia atravesó el aire tranquilo como una flecha aguda que volara directamente del corazón mismo de la tierra, y, como por encanto, corrientes de seres humanos, de seres humanos desnudos, con lanzas en las manos, con arcos y escudos, con miradas y movimientos salvajes, irrumpieron en la estación, vomitados por el bosque tenebroso y plácido. Los arbustos se movieron, la hierba se sacudió por unos momentos, luego todo quedó tranquilo, en una tensa inmovilidad.
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