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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.74

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En efecto, el director dijo más tarde que los métodos del señor Kurtz habían constituido la ruina de aquella región. No puedo opinar al respecto, pero quiero dejar claramente sentado que no había nada provechoso en el hecho de que esas cabezas permanecieran allí. Sólo mostraban que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algo que faltaba en él, un pequeño elemento que, cuando surgía una necesidad apremiante, no podía encontrarse en su magnífica elocuencia. Si él era consciente de esa deficiencia, es algo que no puedo decir. Creo que al final llegó a advertirla, pero fue sólo al final. La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad... y aquel susurro había resultado irresistiblemente fascinante. Resonó violentamente en su interior porque tenía el corazón vacío... Dejé los gemelos, y la cabeza que había parecido estar lo suficientemente cerca como para poder hablar con ella, pareció saltar de pronto a una distancia inaccesible. "El admirador del señor Kurtz estaba un poco cabizbajo. Con una voz apresurada y confusa, comenzó a decirme que no se había atrevido a quitar aquellos símbolos, por así llamarlos. No tenía miedo de los nativos; no se moverían a menos que el señor Kurtz se lo ordenara. Su ascendiente sobre ellos era extraordinario. Los campamentos de aquella gente rodeaban el lugar y sus jefes iban diariamente a visitarlo. Se hubieran arrastrado... ´No quiero saber nada de las ceremonias realizadas para acercarse al señor Kurtz´, grité. "Es curioso, pero en aquel momento tuve la sensación de que aquellos detalles resultarían más intolerables que las cabezas que se secaban sobre los postes, frente a las ventanas del señor Kurtz. Después de todo, aquello no era sino un espectáculo salvaje, mientras que yo me sentía de pronto transportado a una región oscura de sutiles horrores, donde un salvajismo puro y sin complicaciones era un alivio positivo, algo que tenía derecho a existir, evidentemente, bajo la luz del sol. El joven me miró con sorpresa. Supongo no concebía que para mí el señor Kurtz no fuera un ídolo. Olvidaba que yo no había escuchado ninguno de aquellos espléndidos monólogos sobre, ¿sobre qué?, el amor, la justicia, la conducta del hombre, y otras cosas por el estilo.


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