El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.72
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¡No, no, no! Para darle a usted una idea, no me importa decírselo, pero un día quiso disparar contra mí también, aunque yo no lo juzgo por eso.´ ´¿Disparar contra usted?´, pregunté. ´¿Por qué?´ ´Bueno, yo tenía un pequeño lote de marfil que el jefe de la aldea situada cerca de mi casa me había dado. Sabe usted, yo solía cazar para ellos. Pues Kurtz lo quiso, y era incapaz de atender a otras razones. Declaró que me mataría si no le entregaba el marfil y desaparecía de la región, porque él podía hacerlo, y quería hacerlo, y no había poder sobre la tierra que pudiera impedirle matar a quien se le antojara. Y era cierto. Así que le entregué el marfil. ¡Qué me importaba! Pero no me marché. No, no podía abandonarlo. Por supuesto, tuve que ser prudente, hasta que volvimos a ser amigos de nuevo por algún tiempo. Entonces padeció su segunda enfermedad. Después de eso me vi obligado a evitarle, pero no me preocupaba. Él pasaba la mayor parte del tiempo en las aldeas del lago. Cuando regresaba al río, a veces se acercaba a mí, otras era necesario que yo tuviera cuidado. Aquel hombre sufría demasiado. Odiaba todo esto y sin embargo no podía marcharse. Cuando tuve una oportunidad, le supliqué que tratara de partir mientras fuera aún posible. Le ofrecí acompañarlo en el viaje de regreso. Decía que sí, y luego se quedaba. Volvía a salir a cazar marfil, desaparecía durante semanas enteras, se olvidaba de sí mismo cuando estaba entre esas gentes, se olvidaba de sí mismo, sabe usted.´ "´¿Cómo? ¡Debía estar loco!´, dije. Él protestó con indignación. El señor Kurtz no podía estar loco. Si yo hubiera podido oírlo hablar, sólo dos días atrás, no me atrevería a insinuar semejante cosa... Cogí mis binoculares mientras hablábamos, y enfoqué la costa, pasando y repasando rápidamente por el lindero del bosque, a ambos lados y detrás de la casa. Saber que había gente escondida dentro de aquellos matorrales, tan silenciosos y tranquilos como la casa en ruinas de la colina, me ponía nervioso. No había señales sobre la faz de la naturaleza de esa historia extraña que me había sido, más que relatada, sugerida por exclamaciones desoladas, encogimientos de hombros, frases interrumpidas, insinuaciones que terminaban en profundos suspiros. La maleza permanecía inmóvil, como una máscara pesada, como la puerta cerrada de una prisión. Nos miraba con un aire de conocimiento oculto, de paciente expectación, de inexpugnable silencio.
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