El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.71
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Me pareció que la noche duraba menos de una hora. ¡De todo! ¡De todo!... También del amor...´ ´¡ Ah!, ¿ así que le habló de amor?´, le dije, muy divertido. ´No, no de lo que usted piensa´, exclamó con pasión. ´Habló en términos generales. Me hizo ver cosas... cosas...´ "Levantó los brazos. En aquel momento estábamos sobre cubierta, y el capataz de mis leñadores, que se hallaba cerca, volvió hacia él su mirada densa y brillante. Miré a mi alrededor, y no sé por qué, pero puedo aseguraros que nunca antes, nunca, aquella tierra, el río, la selva, la misma bóveda de ese cielo tan resplandeciente, me habían parecido tan desesperados y oscuros, tan implacables frente a la fragilidad humana. ´¿Y a partir de entonces ha estado con él?´, le pregunté. "Al contrario. Parecía que sus relaciones se habían roto profundamente por diversas causas. Él había, me informó con orgullo, procurado asistir a Kurtz durante dos enfermedades (aludía a ello como se puede aludir a una hazaña audaz), pero, por regla general, Kurtz deambulaba solo, aun en las profundidades de la selva. ´Muy a menudo, cuando venía a esta estación, debía esperar días y días antes de que él volviera´, me dijo. ´Pero valía la pena esperarlo en esas ocasiones.´ ´¿Qué hacía él en esas ocasiones? ¿Explorar o qué?´, quise saber. ´Oh, sí, por supuesto. Llegó a descubrir gran cantidad de aldeas, un lago además...´ No sabía exactamente en qué dirección; era peligroso preguntar demasiado. La mayor parte de las veces emprendía esas expediciones en busca de marfil. ´Pero no tenía ya para entonces mercancías con las que negociar´, objeté. ´Todavía ahora le quedan algunos cartuchos´, respondió, mirando hacia otro lado. ´Para decirlo claramente, se apoderó del país´, dije. Él asintió. ´Aunque seguramente no lo haría solo´, concluí. Murmuró algo respecto a los pueblos que rodeaban el lago. ´Kurtz logró que la tribu lo siguiera, ¿no es cierto?´, sugerí. "Se intranquilizó un poco. ´Lo adoraban´, dijo. El tono de aquellas palabras fue tan extraordinario que lo miré con fijeza. Era curioso comprobar su mezcla de deseo y resistencia a hablar de Kurtz. Aquel hombre llenaba su vida, ocupaba sus pensamientos, movía sus emociones. ´¿Qué puede usted esperar?´, estalló. ´Llegó a ellos con truenos y relámpagos, y ellos jamás habían visto nada semejante... nada tan terrible. Él podía ser realmente terrible. No se puede juzgar al señor Kurtz como a un hombre ordinario.
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