El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.69
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Insistió en ese punto. Pero cuando se es joven debían verse cosas, adquirir experiencia, ideas, ensanchar la inteligencia. ´¿Aquí?´, lo interrumpí. ´Nunca puede uno decir dónde. Aquí encontré al señor Kurtz´, dijo jovialmente solemne y con expresión de reproche. Después permanecí en silencio. Al parecer había persuadido a una casa de comercio holandesa de la costa para que lo equipara con provisiones y mercancías, y había partido hacia el interior con el corazón ligero y sin mayor idea de lo que podría ocurrirle de la que pudiera tener un bebé. Había vagado solo por el río por espacio de dos años, separado de hombres y de cosas. ´No soy tan joven como parezco. Tengo veinticinco años´, dijo. ´Al comienzo el viejo Van Shuyten me quería mandar al diablo´, relató con profundo regocijo, ´pero yo no me apartaba de él. Hablaba, hablaba, hasta que al fin tuvo miedo de que llegara a hablar de la pata trasera de su perro favorito, así que me dio algunos productos baratos y unos fusiles, y me dijo que esperaba no volver a ver mi rostro nunca más. ¡Ah, el buen viejo holandés, Van Shuyten! Hace un año le envié un pequeño lote de marfil, así que no podrá decir que he sido un bandido cuando vuelva. Espero que lo habrá recibido. De todos modos me da lo mismo. Apilé un poco de leña para ustedes. Aquélla era mi vieja casa. ¿La ha visto?´ "Le di el libro de Towson. Hizo ademán de besarme, pero se contuvo. ´El último libro que me quedaba y pensé que lo había perdido´, dijo mirándome extasiado. ´Le ocurren tantos accidentes a un hombre cuando va errando solo por el mundo, sabe usted. A veces zozobran las canoas, a veces hay necesidad de partir a toda prisa, porque el pueblo se enfada.´ Pasó las hojas con los dedos. ´¿Son anotaciones en ruso?´, le pregunté. Afirmó con un movimiento de cabeza. ´Creí que estaban en clave.´ Se río; luego volvió a quedarse serio. ´Tuve mucho trabajo para tratar de mantener a raya a esta gente´ dijo. ´¿Querían matarle?´, pregunté. ´¡Oh, no!´, exclamó, y se contuvo. ´¿Por qué nos atacaron?´, insistí. Dudó antes de responder. Al fin lo hizo: ´No quieren que se marche.´ ´¿No quieren?´, pregunté con curiosidad. Asintió con una expresión llena de misterio y de sabiduría. ´Se lo vuelvo a decir´, exclamó, ´ese hombre ha ensanchado mi mente.´ Abrió los brazos y me miró con sus pequeños ojos azules, perfectamente redondos.
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