El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.67
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´¿Qué es esto?´, pregunté. Dio una palmada sorprendido. ´¡La estación!´, gritó. Me acerqué a la orilla inmediatamente, aunque conservando la navegación a media velocidad. "A través de mis gemelos vi el declive de una colina con unos cuantos árboles y el terreno enteramente libre de maleza. En la cima se veía un amplio y deteriorado edificio, semioculto por la alta hierba. Los grandes agujeros del techo puntiagudo se observaban desde lejos como manchas negras. La selva y la maleza formaban el fondo. No había empalizada ni tapia de ninguna especie, pero era posible que hubiera habido antes una, ya que cerca de la casa pude ver media docena de postes delgados alineados, toscamente adornados, con la parte superior decorada con unas bolas redondas y talladas. Los barrotes, o cualquier cosa que hubiera habido entre ellos, habían desaparecido. Por supuesto el bosque lo rodeaba todo. La orilla del río estaba despejada, y junto al agua vi a un blanco bajo un sombrero parecido a una rueda de carro. Nos hacía señas insistentes con el brazo. Al examinar los lindes del bosque de arriba abajo, tuve casi la seguridad de ver movimientos, formas humanas deslizándose aquí y allá. Me fui acercando con prudencia, luego detuve las máquinas y dejé que el barco avanzara hacia la orilla. El hombre de la playa comenzó a gritar, llamándonos a tierra. ´Hemos sido atacados´, gritó el director. ´Lo sé, lo sé. No hay problema´, gritó el otro en respuesta, tan alegre como se lo puedan imaginar. ´Vengan, no hay problema. Me siento feliz.´ "Su aspecto me recordaba algo, algo que había visto antes. Mientras maniobraba para atracar, me preguntaba: ´¿A quién se parece este tipo?´ De pronto encontré el parecido. Era como un arlequín. Sus ropas habían sido hechas de un material que probablemente había sido holanda cruda, pero estaban cubiertas de remiendos por todas partes, parches brillantes, azules, rojos y amarillos, remiendos en la espalda, remiendos en el pecho, en los codos, en las rodillas; una faja de colores alrededor de la chaqueta, bordes escarlatas en la parte inferior de los pantalones. La luz del sol lo hacia parecer un espectáculo extraordinariamente alegre y maravillosamente limpio, porque permitía ver con cuánto esmero habían sido hechos aquellos remiendos. Una cara imberbe, adolescente, muy agradable, sin ningún rasgo característico, una nariz despellejada, pequeños ojos azules, sonrisas y fruncimientos de la frente, se mezclaban en su rostro como el sol y la sombra en una llanura asolada por el viento.
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