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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.65

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Tenía yo entonces una amplia información sobre esas cosas, y, además, como luego resultó, me tocaría a mí conservar su memoria.
Ya he hecho lo bastante como para concederme el indiscutible derecho de depositarla, si quiero, para su eterno reposo, en el cajón de basura del progreso, entre todos los gatos muertos de la civilización. Pero entonces, veis, yo no podía elegir. No será olvidado. Fuera lo que fuese, no era un ser común. Poseía el poder de encantar o asustar a las almas rudimentarias con ritos de brujería que organizaba en su honor. Podía llenar también las estrechas almas de los peregrinos con amargos recelos: tenía además un amigo devoto, había conquistado un alma en el mundo que no era rudimentaria ni estaba viciada por la rapacidad. No, no logro olvidarlo, aunque no estoy dispuesto a afirmar que fuera digno de la vida que perdimos al ir en su busca. Yo echaba atrozmente de menos a mí difunto timonel; lo echaba de menos, ya en los momentos en que su cuerpo estaba tendido en la cabina de pilotaje. Tal vez juzguéis bastante extraño ese pesar por un salvaje que no contaba más que un grano de arena en un Sahara negro. Bueno, había hecho algo, había guiado el barco. Durante meses yo lo había tenido a mis espaldas, como una ayuda, un instrumento. Era una especie de socio. Conducía el barco y yo tenía que preocuparme de sus deficiencias, y de esa manera un vínculo sutil se había creado, del cual fui consciente sólo cuando se rompió. Y la íntima profundidad de la mirada que me dirigió cuando recibió aquel golpe aún vive en mi memoria, como una súplica de un parentesco lejano, afirmado en el momento supremo. "¡Pobre tonto! ¡Si hubiera dejado en paz aquella ventana! Pero no podía estarse quieto, igual que Kurtz, igual que un árbol sacudido por el viento. Tan pronto como me puse un par de zapatillas secas, lo arrastré afuera, después de arrancar de su costado la lanza, operación que debo confesar ejecuté con los ojos cerrados. Sus talones rebotaron en el pequeño escalón de la puerta; sus hombros oprimieron mi pecho. Lo abracé por detrás desesperadamente. ¡Oh, era pesado, pesado!, ¡más de lo que hubiera podido imaginar que pesara cualquier hombre! Luego, sin más, lo tiré por la borda. La corriente lo arrastró como si fuera una brizna de hierba; vi el cuerpo volverse dos veces antes de perderlo de vista para siempre.


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