El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.62
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.. Pero... Permaneció en silencio durante largo rato. -Finalmente logré formar el fantasma de sus méritos gracias a una mentira - comenzó a decir de pronto-. ¡La muchacha! ¿Cómo? ¿He mencionado ya a la muchacha? ¡Oh, ella está completamente fuera de todo aquello! Ellas, las mujeres
quiero decir, están fuera de aquello, deberían permanecer al margen. Las deberíamos ayudar a permanecer en este hermoso mundo que les es propio y asumir nosotros la peor parte. Sí, ella está al margen de aquello. Debíais haber oído a aquel cadáver desenterrado que era Kurtz decir "mi prometida". Entonces hubierais percibido por completo qué lejos se hallaba ella de todo. ¡Y aquel pronunciado hueso frontal del señor Kurtz! Dicen que a veces el cabello continúa creciendo, pero aquel... aquel espécimen, era impresionantemente calvo. La calva le había acariciado la cabeza; y se la había convertido en una bola, una bola de marfil. La había acariciado y la había blanqueado. Había acogido a Kurtz, lo había amado, abrazado, se le había infiltrado en las venas, había consumido su carne, había sellado su alma con la suya por medio de ceremonias inconcebibles de alguna iniciación diabólica. Lo había convertido en su favorito, mimado y adulado. ¿Marfil? Ya lo creo. Montañas de marfil. La vieja cabaña de barro reventaba de él. Vosotros habríais supuesto que no había dejado un solo colmillo encima o debajo de la tierra en toda la región. "La mayor parte es fósil", observó desdeñosamente el director. Era tan fósil como lo puedo ser yo, pero él llamaba fósil a todo lo que había estado enterrado. Según parece los negros enterraban a veces los colmillos, y por lo visto no habían enterrado aquella cantidad a la profundidad necesaria para contrariar el hado del dotado señor Kurtz. Llenamos el vapor y tuvimos que apilar una buena cantidad en cubierta. Así él pudo verlo y disfrutarlo mientras aún pudo ver, porque el aprecio de aquel material permaneció vivo en él hasta el final. Debían oírlo, cuando decía "mi marfil". Oh, sí, yo pude oírlo: "Mi marfil, mi prometida, mi estación, mi río, mi..." Todo le pertenecía. Aquello me hizo retener el aliento en espera de que la barbarie estallara en una prodigiosa carcajada que llegara a sacudir hasta las estrellas. Todo le pertenecía... pero aquello no significaba nada. Lo importante era saber a quién pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como suyo.
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