El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.61
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"Lancé el otro zapato al fondo de aquel maldito río. Pensé: ´¡Por Júpiter, todo ha terminado! Hemos llegado demasiado tarde. Ha desaparecido... Ese don ha desaparecido, por obra de alguna lanza, flecha o mazo. Después de todo, nunca oiré hablar a ese individuo.´ Y mi tristeza tenía una extravagante nota de emoción igual a la que había percibido en el doliente aullido de aquellos salvajes de la selva. De cualquier manera, no hubiera podido sentirme más desolado si me hubieran despojado violentamente de una creencia o hubiera errado mi destino en la vida... ¿A qué vienen esos resoplidos? ¿Os parece absurdo? Bueno, muy bien, es absurdo. ¡Cielo santo! ¿No debe un hombre siempre...? En fin, dadme un poco de tabaco." Hubo una pausa de profundo silencio, luego brilló una cerilla, y apareció la delgada cara de Marlow, fatigada, hundida, surcada de arrugas de arriba abajo, con los párpados caídos, con un aspecto de atención concentrada. Y mientras daba vigorosas chupadas a su pipa, el rostro parecía avanzar y retirarse en la oscuridad, con las oscilaciones regulares de aquella débil llama. La cerilla se apagó. -¡Absurdo! -exclamó-. Eso es lo peor cuando trata uno de expresar algo... Aquí estáis todos muy tranquilos, en un viejo barco bien anclado. Tenéis un carnicero en la esquina, un policía en la otra. Disfrutáis, además, de excelente apetito, y de una temperatura normal. ¿Me oís? Normal, desde principios hasta finales de año. Y entonces vais y decís: ¡Absurdo! ¡Claro que es absurdo! Pero, queridos amigos, ¿qué podéis esperar de un hombre que por puro nerviosismo había arrojado por la borda un par de zapatos nuevos? Ahora que pienso en ello, me sorprende no haber derramado lágrimas. Por lo general estoy orgulloso de mi fortaleza. Pero me sentí como herido por un rayo ante la idea de haber perdido el inestimable privilegio de escuchar al excepcional Kurtz. Por supuesto, estaba equivocado. Aquel privilegio me estaba reservado. Oh, sí, y oí más de lo suficiente. Puedo decir que yo tenía razón. Él era una voz. Era poco más que una voz. Y lo oí, a él, a eso, a esa voz, a otras voces, todos ellos eran poco más que voces. El mismo recuerdo que guardo de aquella época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerío inmenso, enloquecido, atroz, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin ninguna clase de sentido. Voces, voces... incluso la de la muchacha.
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