El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.54
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Le hace perder al hombre toda su fortaleza innata para luchar dignamente contra el hambre. Indudablemente es más fácil enfrentarse con la desgracia, con el deshonor, con la perdición del alma, que con el hambre prolongada. Es triste, pero cierto. Y aquellos sujetos, además, no tenían ninguna razón en la tierra para abrigar algún escrúpulo. ¡Represión! Del mismo modo podría yo esperar represión de una hiena que deambulara entre los cadáveres de un campo de batalla. Pero allí, frente a mí, estaban los hechos, el hecho asombroso que podía ver, como un pliegue de un enigma inexplicable, un misterio mayor, si pienso bien en ello, que aquella curiosa e inexplicable nota de desesperación y dolor en el clamor salvaje que nos había llegado de las márgenes del río, más allá de la ciega blancura de la bruma. "Dos peregrinos discutían en murmullos apresurados sobre cuál de las orillas estaba ocupada. ´A la izquierda.´ ´No, no. ¿Cómo se te ocurre? Están a la derecha, por supuesto.´ ´Esto es muy serio´, oí que decía el director detrás de mí. ´Lamentaría que le hubiera ocurrido algo al señor Kurtz antes de que lleguemos.´ Me volví a mirarlo y no me cupo la menor duda de que hablaba con sinceridad. Era precisamente de esa especie de hombres que saben guardar las apariencias. Aquél era su freno. Pero cuando dijo algo sobre la posibilidad de seguir en el acto, ni siquiera me tomé la molestia de responder. Tanto yo como él sabíamos que eso era imposible. En cuanto perdiéramos nuestro único punto de apoyo, el fondo, quedaríamos completamente en el aire, en el espacio. No podíamos decir adónde iríamos, si hacia arriba o hacia abajo, o hacia los lados, hasta que llegáramos a alguna de las márgenes, y entonces ni siquiera podríamos decir en cuál estábamos. Por supuesto no hice ningún movimiento. No podéis imaginar un sitio más abominable para un naufragio. O nos ahogaríamos enseguida, o pereceríamos después de una u otra manera. ´Le autorizo a correr todos los riesgos´, dijo, después de un breve silencio. ´Me niego a correr ninguno´, dije tajantemente. Y era la respuesta que él esperaba, aunque el tono quizá lo sorprendiera. ´Bueno, debo ceder a su juicio. Usted es el capitán´, dijo, con pronunciada cortesía. Hice un movimiento con el hombro en señal de reconocimiento y miré hacia la niebla. ¿Cuánto podía durar? Era un espectáculo desesperante. La aproximación a aquel Kurtz que extraía el marfil de aquella maldita selva estaba rodeada de tantos peligros como la visita a una princesa encantada, dormida en un castillo fabuloso.
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