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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.53

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Debo decir que se les pagaba con una regularidad digna de una gran y honorable empresa comercial. Por lo demás, lo único comestible (aunque no tuviera aspecto de serlo) que vi en su posesión eran unos trozos de una materia como pasta medio cocida, de un color de lavanda sucia, que llevaban envuelta en hojas y de la cual de vez en cuando arrancaban un pedazo, paro tan pequeño que parecía más bien arrancado para ser mirado que con un propósito serio de sustento. ¿Por qué en nombre de todos los roedores diablos del hambre no nos atacaron (eran treinta para cinco) y se dieron con nosotros un buen banquete? Es algo que todavía hoy me asombra. Eran
hombres grandes, vigorosos, sin gran capacidad para meditar en las consecuencias, valientes, fuertes aún entonces, aunque su piel había perdido ya el brillo y sus músculos se habían ablandado. Comprendí que alguna inhibición, uno de esos secretos humanos que desmienten la probabilidad de algo, estaba en acción. Los miré con un repentino aumento de interés, y no porque pensara que podía ser devorado por ellos dentro de poco, aunque debo reconocer que fue entonces cuando precisamente vi, bajo una nueva luz, por decirlo así, el aspecto enfermizo de los peregrinos, y tuve la esperanza, sí, positivamente tuve la esperanza de que mi aspecto no fuera ¿cómo diría?, tan poco apetitoso. Fue un toque de vanidad fantástica, muy de acuerdo con la sensación de sueño que llenaba todos mis días en aquel entonces. Quizá me sintiera también un poco afiebrado. Uno no puede vivir llevándose los dedos eternamente al pulso. Tenía siempre ´un poco de fiebre´, o un poco de algo; los arañazos juguetones de la selva, las bromas preliminares a un ataque serio, que se presentó a su debido tiempo. Sí, lo miré como lo podríais hacer vosotros ante cualquier ser humano, con una curiosidad ante sus impulsos, motivaciones, capacidad, debilidades, cuando son puestos a prueba por una inexorable necesidad física. ¿Represión? Pero, ¿de qué tipo? ¿Era superstición, disgusto, paciencia, miedo, o una especie de honor primitivo? Ningún miedo logra resistir al hambre, ni hay paciencia que pueda soportarla. La repugnancia sencillamente desaparece cuando llega el hambre, y en cuanto a la superstición, creencias, y lo que vosotros podríais llamar principios, pesan menos que una hoja en medio de la brisa. ¿Sabéis lo diabólica que puede ser una inanición prolongada, su tormento exasperante, los negros pensamientos que produce, su sombría y envolvente ferocidad? Bueno, yo sí.


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