El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.52
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Algunos cambiaron breves, sobrias frases, que parecían resolver el asunto satisfactoriamente. Su jefe, un joven de amplio pecho, vestido severamente con una tela orlada, azul oscuro, con feroces agujeros nasales y el cabello artísticamente arreglado en anillos aceitosos, estaba en pie a mi lado. ´¡Ajá!´, dije sólo por espíritu de compañerismo. ´¡Cogedlos!´, exclamó, abriendo los ojos inyectados de sangre y con un destello de sus dientes puntiagudos. ´Cogedlos y dádnoslos.´ ´¿A vosotros?´, pregunté. ´¿Qué haríais con ellos?´ ´Nos los comeríamos´, dijo tajantemente y, apoyando un codo en la borda, miró hacia afuera, a la bruma, en una actitud digna y profundamente meditativa. No me cabe duda de que me habría sentido profundamente horrorizado si no se me hubiese ocurrido que tanto él como sus muchachos debían de estar muy hambrientos; el hambre seguramente se había acumulado durante el último mes. Habían sido contratados por seis meses (no creo que ninguno de ellos tuviera una noción clara del tiempo como la tenemos nosotros después de innumerables siglos; pertenecían aún a los comienzos del tiempo, no tenían ninguna experiencia heredada que les indicara lo que eso era) y, por supuesto, mientras existiera un pedazo de papel escrito de acuerdo con alguna ley absurda, o de cualquier otro precepto (redactados río abajo), no cabía en la cabeza preocuparse sobre su sustento. Era cierto que habían embarcado con carne podrida de hipopótamo, que no podía de cualquier manera durar demasiado tiempo, aun en el caso de que los peregrinos no hubieran arrojado, en medio de una riña desagradable, gran parte de ella por la borda. Parecía un proceder arbitrario, pero en realidad se trataba de una situación de legítima defensa. No se puede respirar carne de hipopótamo podrida al despertar, al dormir y al comer, y a la vez conservar el precario asidero a la existencia. Además, se les daba tres pedazos de alambre de cobre a la semana, cada uno de nueve pulgadas de longitud. En teoría aquella moneda les permitiría comprar sus provisiones en las aldeas a lo largo del río. ¡Pero hay que ver cómo funcionaba aquello! O no había aldeas, o la población era hostil, o el director que, como el resto de nosotros, se alimentaba a base de latas de conserva que ocasionalmente nos ofrecían carne de viejo macho cabrío, se negaba a que el vapor se detuviera por alguna razón más o menos recóndita. De modo que, a menos que se alimentaran con el alambre mismo o que lo convirtieran en anzuelos para pescar, no veo de qué podía servirles aquel extravagante salario.
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