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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.51

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Ordené que se arrojara de nuevo la cadena que habíamos comenzado a halar. Y antes de que hubiera acabado de descender, rechinando sordamente, un aullido, un aullido terrible como de infinita desolación, se elevó lentamente en el aire opaco. Cesó poco después. Un clamor lastimero, modulado con una discordancia salvaje, llenó nuestros oídos. Lo inesperado de aquel grito hizo que el cabello se me erizara debajo de la gorra. No sé qué impresión les causó a los demás: a mí me pareció como si la bruma misma hubiera gritado; tan repentinamente y al parecer desde todas partes se había elevado a la vez aquel grito tumultuoso y luctuoso. Culminó con el estallido acelerado de un chillido exorbitante, casi intolerable, que al cesar nos dejó helados en una variedad de actitudes estúpidas, tratando obstinadamente de escuchar el silencio excesivo, casi espantoso, que siguió. "´¡Dios mío! ¿Qué es esto?´, murmuró junto a mí uno de los peregrinos, un hombrecillo grueso, de cabellos arenosos y rojas patillas, que llevaba botas con suelas de goma y un pijama color de rosa recogido en los tobillos. Otros dos se quedaron boquiabiertos por un minuto, luego se precipitaron a la pequeña cabina, para salir al siguiente instante, lanzando miradas tensas y con los rifles preparados en la mano. Nada podíamos ver más allá del vapor: veíamos su punta borrosa como si estuviera a punto de disolverse, y una línea brumosa, de quizás dos pies de anchura, a su alrededor. Nada más. El resto del mundo no existía para nuestros ojos y oídos. Aquello era nuestra tierra de nadie. Todo se había ido, desaparecido, barrido, sin dejar murmullo ni sombras detrás. "Me adelanté y ordené que acortaran la cadena, con objeto de poder levar anclas y poner en marcha el vapor si se hacía necesario. ´¿Nos atacarán?´, murmuró una voz amedrentada. ´Nos asesinarán a todos en medio de esta niebla´ murmuró otro. Los rostros se crispaban por la tensión, las manos temblaban ligeramente, los ojos olvidaban el parpadeo. Era curioso ver el contraste entre los blancos y los negros de nuestra tripulación, tan extranjeros como nosotros en aquella parte del río, aunque sus hogares estuvieran a sólo una distancia de ochocientas millas de aquel lugar.
Los blancos, como es natural terriblemente sobresaltados, tenían además el aspecto de sentirse penosamente sorprendidos por aquel oprobioso recibimiento. Los otros tenían una expresión de alerta, de interés natural en los acontecimientos, pero sus rostros aparentaban sobre todo tranquilidad, incluso había uno o dos cuyas dentaduras brillaban mientras tiraban de la cadena.


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