El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.49
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El sencillo y viejo marino, con su disquisición sobre cadenas y tuercas, me hizo olvidar la selva y los peregrinos, en una deliciosa sensación de haber encontrado algo inconfundiblemente real. El que un libro semejante se encontrara allí era ya bastante asombroso, pero aún lo eran más las notas marginales, escritas a lápiz, con referencia al texto. ¡No podía creer en mis propios ojos! Estaban escritas en lenguaje cifrado. Sí, aquello parecía una clave. Imaginad a un hombre que llevara consigo un libro de esa especie a aquel lugar perdido del mundo, lo estudiara e hiciera comentarios en lenguaje cifrado. Era un misterio de lo más extravagante. "Desde hacía un rato era vagamente consciente de cierto ruido molesto, y al alzar los ojos vi que la pila de leña había desaparecido, y que el director, junto con todos los peregrinos, me llamaba a voces desde la orilla del río. Me metí el libro en un bolsillo. Puedo aseguraros que arrancarse de su lectura era como separarse del abrigo de una vieja y sólida amistad. "Volví a poner en marcha la inválida máquina. ´Debe de ser ese miserable comerciante, ese intruso´, exclamó el director, mirando con malevolencia hacia el sitio que habíamos dejado atrás. ´Debe ser inglés´, dije yo. ´Eso no lo librará de meterse en dificultades si no es prudente´, murmuró sombríamente el director. Y yo comenté con fingida inocencia que en este mundo nadie está libre de dificultades. "La corriente era ahora más rápida. El vapor parecía estar a punto de emitir su último suspiro; las aspas de las ruedas batían lánguidamente el agua. Yo esperaba que aquél fuera el último esfuerzo, porque a decir verdad temía a cada momento que aquella desvencijada embarcación no pudiera ya más. Me parecía estar contemplando las últimas llamadas de una vida. Sin embargo, seguíamos avanzando. A veces tomaba como punto de referencia un árbol, situado un poco más arriba, para medir nuestro avance hacia Kurtz, pero lo perdía invariablemente antes de llegar a él. Mantener la vista fija durante tanto tiempo era una labor demasiado pesada para la paciencia humana. El director mostraba una magnífica resignación. Yo me impacientaba, me encolerizaba y discutía conmigo mismo sobre la posibilidad de hablar abiertamente con Kurtz. Pero antes de poder llegar a una conclusión, se me ocurrió que tanto mi silencio como mis declaraciones eran igualmente fútiles. ¿Qué importancia podía tener que él supiera o ignorara la situación? ¿Qué importaba quién fuera el director? A veces tenemos esos destellos de perspicacia.
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