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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.45

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Llevaba a bordo al director y a tres o cuatro peregrinos con sus palos. Eso era todo. Algunas veces nos acercábamos a una estación próxima a la orilla, pegada a las faldas de lo desconocido; los blancos salían de sus cabañas con grandes expresiones de alegría, de sorpresa, de bienvenida. Me parecían muy extraños. Tenían todo el aspecto de haber sido víctimas de un hechizo. La palabra marfil flotaba un buen rato en el aire, y luego seguíamos de nuevo en medio del silencio, a lo largo de inmensas extensiones desiertas, alrededor de mansos recodos, entre los altos muros de nuestro camino sinuoso, que resonaba en profundos ruidos al pesado golpe de nuestra rueda de popa. Árboles, árboles, millones de árboles, masas inmensas de ellos, elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la orilla, contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra un escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico. Uno tenía por fuerza que sentirse muy pequeño, totalmente perdido, y sin embargo aquel sentimiento no era deprimente. Después de todo, por muy pequeño que fuera, aquel sucio animalillo seguía arrastrándose, y eso era lo que se le pedía. A dónde imaginaban arrastrarse los peregrinos, eso sí que no lo sé. Hacia algún lugar del que esperaban obtener algo, creo. En cuanto a mí, el escarabajo se arrastraba exclusivamente hacia Kurtz. Pero cuando el casco comenzó a hacer agua nos arrastramos muy lentamente. Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas. Allí había verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores, detrás de la cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se prolongaba, como si revoloteara en el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la primera luz del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir. La aurora se anunciaba por el descenso de una desapacible calma; los leñadores dormían, sus hogueras se extinguían; el chasquido de una rama lo podía llenar a uno de sobresalto. Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Nos podíamos ver a nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita, sobreviviendo a costa de una angustia profunda de un trabajo excesivo.


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