El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.43
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El sol estaba bajo; e inclinados hacia adelante, uno al lado del otro, parecían tirar a duras penas, colina arriba, de sus dos sombras grotescas, de longitud irregular, que se arrastraban lentamente tras ellos sobre la hierba espesa, sin inclinar una sola brizna. "Unos días más tarde la Expedición Eldorado se internó en la paciente selva, que se cerró sobre ellos como el mar sobre un buzo. Algún tiempo después nos llegaron noticias de que todos los burros habían muerto. No sé nada sobre la suerte que corrieron los otros animales, los menos valiosos. No me cabe duda de que, como el resto de nosotros, encontraron su merecido. No hice averiguaciones. Me excitaba enormemente la perspectiva de conocer muy pronto a Kurtz. Cuando digo muy pronto, hablo en términos relativos. Dos meses pasaron desde el momento en que dejamos la ensenada hasta nuestra llegada a la orilla de la estación de Kurtz. "Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso, pesado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas... en alguna parte... lejos de todo... tal vez en otra existencia. Había momentos en que el pasado volvía a aparecer, como sucede cuando uno no tiene ni un momento libre, pero aparecía en forma de un sueño intranquilo y estruendoso, recordado con asombro en medio de la realidad abrumadora de aquel mundo extraño de plantas, y agua, y silencio. Y aquella inmovilidad de vida no se parecía de ninguna manera a la tranquilidad. Era la inmovilidad de una fuerza implacable que envolvía una intención inescrutable. Y lo miraba a uno con aire vengativo. Después llegué a acostumbrarme. Y al acostumbrarme dejé de verla; no tenía tiempo. Debía estar todo el tiempo tratando de adivinar el cauce del canal; tenía que adivinar, más por inspiración que por otra cosa, las señales de los bancales ocultos, descubrir las rocas sumergidas.
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