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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.40

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Tenía tiempo en abundancia para la meditación, y de vez en cuando dedicaba algún pensamiento a Kurtz. No me interesaba mucho. No. Sin embargo, sentía curiosidad por saber si aquel hombre que había llegado equipado con ideas morales de alguna especie lograría subir a la cima después de todo, y cómo realizaría el trabajo una vez que lo hubiese conseguido."
II
-Una noche, mientras estaba tendido en la cubierta de mi vapor, oí voces que se acercaban. Eran el tío y el sobrino que caminaban por la orilla del río. Volví a apoyar la cabeza sobre el brazo, y estaba a punto de volverme a dormir, cuando alguien dijo casi en mi oído: "Soy tan inofensivo como un niño, pero no me gusta que me manden. ¿Soy el director o no lo soy? Me ordenaron enviarlo allí. Es increíble..." Me di cuenta de que ambos se hallaban en la orilla, al lado de popa, precisamente debajo de mi cabeza. No me moví; no se me ocurrió moverme. Estaba amodorrado. "Es muy desagradable", gruñó el tío. "Él había pedido a la administración que le enviaran allí", dijo el otro, "con la idea de demostrar lo que era capaz de hacer. Yo recibí instrucciones al respecto. Debe tener una influencia tremenda. ¿No te parece terrible?" Ambos convinieron en que aquello era terrible; después hicieron observaciones extrañas: la lluvia... el buen tiempo... un hombre... el Consejo... por la nariz... Fragmentos de frases absurdas que me hicieron salir de mi estado de somnolencia. De modo que estaba en pleno uso de mis facultades mentales cuando el tío dijo: "El clima puede eliminar esa dificultad. ¿Está solo allá?" "Sí", respondió el director. "Me envió a su asistente, con una nota redactada más o menos en estos términos: ´Saque usted a este pobre diablo del país, y no se moleste en enviarme a otras personas de esta especie. Prefiero estar solo a tener a mi lado la clase de hombres de que ustedes pueden disponer.´ Eso fue hace ya más de un año. ¿Puedes imaginarte desfachatez semejante?" "¿Y nada a partir de entonces?", preguntó el otro con voz ronca. "Marfil", masculló el sobrino, "a montones... y de primera clase. Grandes cargamentos; todo para fastidiar, me parece." "¿De qué manera?" preguntó un rugido sordo. "Facturas", fue la respuesta. Se podía decir que aquella palabra había sido disparada. Luego se hizo el silencio. Habían estado hablando de Kurtz.


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