El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.39
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´Llegarán dentro de unas tres semanas´, le dije en tono confidencial. "Pero no fue así. En lugar de remaches tuvimos una invasión, un castigo, una visita. Llegó en secciones durante las tres semanas siguientes; cada sección encabezada por un burro en el que iba montado un blanco con traje nuevo y zapatos relucientes, un blanco que saludaba desde aquella altura a derecha e izquierda a los impresionados peregrinos. Una banda pendenciera de negros descalzos y desarrapados marchaba tras el burro; un equipaje de tiendas, sillas de campaña, cajas de lata, cajones blancos y fardos grises eran depositados en el patio, y el aire de misterio parecía espesarse sobre el desorden de la estación. Llegaron cinco expediciones semejantes, con el aire absurdo de una huida desordenada, con el botín de innumerables almacenes y abundante acopio de provisiones que uno podría pensar habían sido arrancadas de la selva para ser repartidas equitativamente. Era una mezcla indecible de cosas, útiles en sí, pero a las cuales la locura humana hacía parecer como el botín de un robo. "Aquella devota banda se daba a sí misma el nombre de Expedición de Exploradores Eldorado. Parece ser que todos sus miembros habían jurado guardar secreto. Su conversación, de cualquier manera, era una conversación de sórdidos filibusteros. Era un grupo temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía. No había en aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria, y ni siquiera parecían saber que esas cosas son requeridas para el trabajo en el mundo. Arrancar tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte. No sé quién costearía los gastos de aquella noble empresa, pero un tío de nuestro director era el jefe del grupo. "Por su exterior parecía el carnicero de un barrio pobre, y sus ojos tenían una mirada de astucia somnolienta. Ostentaba un enorme vientre sobre las cortas piernas, y durante el tiempo que aquella banda infestó la estación sólo habló con su sobrino. Podía uno verlos vagando durante el día por todas partes, las cabezas unidas en una interminable confabulación. "Renuncié a molestarme más por el asunto de los remaches. La capacidad humana para esa especie de locura es más limitada de lo que vosotros podéis suponer. Me dije: ´A la horca con todos.´ Y dejé de preocuparme.
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