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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.38

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Era un viudo con seis hijos (los había dejado a cargo de una hermana suya al emprender el viaje) y la pasión de su vida eran las palomas mensajeras. Era un entusiasta y un conocedor. Deliraba por las palomas. Después del horario de trabajo acostumbraba ir a veces al barco a conversar sobre sus hijos, y sobre las palomas. En el trabajo, cuando se debía arrastrar por el barro bajo la quilla del vapor, recogía su barba en una especie de servilleta blanca que llevaba para ese propósito, con unas cintas que ataba tras las orejas. Por las noches se le podía ver inclinado sobre el río, lavando con sumo cuidado esa envoltura en la corriente, y tendiéndola después solemnemente sobre una mata para que se secara. "Le di una palmada en la espalda y exclamé: ´Vamos a tener remaches.´ Se puso de pie y exclamó: ´¿No? ¡Remaches!´, como si no pudiera creer a sus oídos. Luego, añadió en voz baja: ´Usted... ¿Eh?´ No sé por qué nos comportábamos como lunáticos. Me lleve un dedo a la nariz inclinando la cabeza misteriosamente. ´¡Bravo por usted!´, exclamó, chasqueando sus dedos sobre la cabeza y levantando un pie. Comencé a bailotear. Saltábamos sobre la cubierta de hierro. Un ruido horroroso salió de aquel casco arrumbado y el bosque virgen desde la otra margen del río lo envió de vuelta en un eco atronador a la estación dormida. Aquello debió hacer levantar a algunos peregrinos en sus cabañas. Una figura oscura apareció en el portal de la cabaña del director, desapareció, y luego, un segundo o dos después, también la puerta desapareció. Nos detuvimos y el silencio interrumpido por nuestro zapateo volvió de nuevo a nosotros desde los lugares más remotos de la tierra. El gran muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas, guirnaldas, inmóviles a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasión de vida muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a derrumbarse sobre el río, a barrer la pequeña existencia de todos los pequeños hombres que, como nosotros, estábamos en su seno. Y no se movía. Una explosión sorda de grandiosas salpicaduras y bufidos nos llegó de lejos, como si un ictiosaurio se estuviera bañando en el resplandor del gran río. ´Después de todo´, dijo el fabricante de marmitas, en tono razonable, ´¿por qué no iban a darnos los remaches?´ ¡En efecto, por qué no! No conocía ninguna razón para que no los tuviésemos.


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