El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.37
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Un viejo hipopótamo tenía la mala costumbre de salir de noche a la orilla y errar por los terrenos de la estación. Los peregrinos solían salir en pelotón y descargar sus rifles sobre él. Algunos velaban toda la noche esperándole. Sin embargo había sido una energía desperdiciada. ´Ese animal tiene una vida encantada, y eso sólo se puede decir de las bestias de este país. Ningún hombre, ¿me entiende usted?, ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio´, dijo. Permaneció un momento a la luz de la luna con su delicada nariz aguileña un poco ladeada, y los ojos de mica brillantes, sin pestañear. Después se despidió secamente y se retiró a grandes zancadas. Me di cuenta de que estaba turbado y enormemente confuso, lo que me hizo alentar mayores esperanzas de las que había abrigado en los días anteriores. Me servía de consuelo apartar a aquel tipo para volver a mi influyente amigo, el roto, torcido, arruinado, desfondado barco de vapor. Subí a bordo. Crujió bajo mis pies como una lata de bizcochos Hunley & Palmer vacía que hubiera recibido un puntapié en un escalón. No era sólido, mucho menos bonito, pero había invertido en él demasiado trabajo como para no quererlo. Ningún amigo influyente me hubiera servido mejor. Me había dado la oportunidad de moverme un poco y descubrir lo que podía hacer. No, no me gusta el trabajo. Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que pueden hacerse. No me gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la ocasión de encontrarse a sí mismo. La propia realidad, eso que sólo uno conoce y no los demás, que ningún otro hombre puede conocer. Ellos sólo pueden ver el espectáculo, y nunca pueden decir lo que realmente significa. "No me sorprendió ver a una persona sentada en la cubierta, con las piernas colgantes sobre el barro. Mirad, mis relaciones eran buenas con los pocos mecánicos que había en la estación, y a los que los otros peregrinos naturalmente despreciaban; me imagino que por la rudeza de sus modales. Era el capataz, un fabricante de marmitas, buen trabajador, un individuo seco, huesudo, de rostro macilento, con ojos grandes y mirada intensa. Tenía un aspecto preocupado. Su cabeza era tan calva como la palma de mi mano; parecía que los cabellos, al caer, se le habían pegado a la barbilla y que habían prosperado en aquella nueva localidad, pues la barba le llegaba a la cintura.
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