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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.36

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"Cuando alguien llega aquí, usted lo sabe, no es para contemplar la luna", me dijo. El señor Kurtz era un "genio universal", pero hasta un genio encontraría más fácil trabajar con "instrumentos adecuados y hombres inteligentes". Él no fabricaba ladrillos. ¿Por qué? Bueno, había una imposibilidad material que lo impedía, como yo muy bien sabía, y si trabajaba como secretario del director era porque ningún hombre inteligente puede rechazar absurdamente la confianza que en él depositan sus superiores. ¿Me daba yo cuenta? Sí, me daba cuenta. ¿Qué más quería yo? Lo que realmente quería eran remaches, ¡cielo santo!, ¡remaches!, para poder continuar el trabajo y tapar aquel agujero. Remaches. En la costa había cajas llenas de ellos, cajas amontonadas, rajadas, herrumbrosas. En aquella estación de la colina uno tropezaba con un remache desprendido a cada paso que daba. Algunos habían rodado hasta el bosque de la muerte. Uno podía llenarse los bolsillos de remaches sólo con molestarse en recogerlos; y en cambio donde eran necesarios no se encontraba uno solo. Teníamos chapas que nos podían servir, pero nada con qué poder ajustarlas. Cada semana el mensajero, un negro solo, con un saco de cartas al hombro, dejaba la estación para dirigirse a la costa. Y varias veces a la semana una caravana llegaba de la costa con productos comerciales, percal horriblemente teñido que daba escalofríos de sólo mirar, cuentas de cristal de las que podía comprarse un cuarto de galón por un penique, pañuelos de algodón estrafalariamente estampados. Y nunca remaches. Tres negros hubieran podido transportar todo lo necesario para poner a flote aquel vapor. "Se estaba poniendo confidencial, pero me imagino que al no encontrar ninguna respuesta de mi parte debió haberse exasperado, ya que consideró necesario informarme que no temía a Dios ni al diablo, y mucho menos a los hombres. Le dije que podía darme perfecta cuenta, pero que lo que yo necesitaba era una determinada cantidad de remaches... y que en realidad lo que el señor Kurtz hubiera pedido, si estuviese informado de esa situación, habrían sido los remaches. Y él enviaba cartas a la costa cada semana... ´Mi querido señor´ gritó, ´yo escribo lo que me dictan.´ Seguí pidiendo remaches. Un hombre inteligente tiene medios para obtenerlos. Cambió de modales. De pronto adoptó un tono frío y comenzó a hablar de un hipopótamo. Me preguntó si cuando dormía a bordo (permanecía allí noche y día), no tenía yo molestias.


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