El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.35
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Me hace sentir desgraciado y enfermo, como la mordedura de algo corrupto. Es cuestión de temperamento, me imagino. Pues bien, estuve cerca de eso al dejar que aquel joven estúpido creyera lo que le viniera en gana sobre mi influencia en Europa. Por un momento me sentí tan lleno de pretensiones como el resto de aquellos embrujados peregrinos. Sólo porque tenía la idea de que eso de algún modo iba a resultarle útil a aquel señor Kurtz a quien hasta el momento no había visto... ya entendéis. Para mí era apenas un nombre. Y en el nombre me era tan imposible ver a la persona como lo debe ser para vosotros. ¿Lo veis? ¿Veis la historia? ¿Veis algo? Me parece que estoy tratando de contar un sueño... que estoy haciendo un vano esfuerzo, porque el relato de un sueño no puede transmitir la sensación que produce esa mezcla de absurdo, de sorpresa y aturdimiento en un rumor de revuelta y rechazo, esa noción de ser capturados por lo increíble que es la misma esencia de los sueños." Marlow permaneció un rato en silencio. -... No, es imposible; es imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos... solos. Volvió a hacer otra pausa como reflexionando. Después añadió: -Por supuesto, en esto vosotros podréis ver más de lo que yo podía ver entonces. Me veis a mí, a quien conocéis... La oscuridad era tan profunda que nosotros, sus oyentes, apenas podíamos vernos unos a otros. Hacía ya largo rato que él, sentado aparte, no era para nosotros más que una voz. Nadie decía una palabra. Los otros podían haberse dormido, pero yo estaba despierto. Escuchaba, escuchaba aguardando la sentencia, la palabra que pudiera servirme de pista en la débil angustia que me inspiraba aquel relato que parecía formularse por sí mismo, sin necesidad de labios humanos, en el aire pesado y nocturno de aquel río. -Sí, lo dejé continuar -volvió a decir de nuevo Marlow- y que pensara lo que le diera la gana sobre los poderes que existían detrás de mí. ¡Lo hice! ¡Y detrás de mí no había nada! No había nada salvo aquel condenado, viejo y maltrecho vapor sobre el que me apoyaba, mientras él hablaba fluidamente de la necesidad que tenía cada hombre de progresar.
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