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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.33

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Usted forma parte del nuevo equipo... el equipo de la virtud. La misma persona que lo envió a él lo ha recomendado muy especialmente a usted. Oh, no diga que no. Yo tengo mis propios ojos, sólo en ellos confío.´ La luz se hizo en mí. Las poderosas amistades de mi tía estaban produciendo un efecto inesperado en aquel joven. Estuve a punto de soltar una carcajada. ´¿Lee usted la correspondencia confidencial de la compañía?´, le pregunté. No pudo decir una palabra. Me resultó muy divertido. ´Cuando el señor Kurtz´, continué severamente, ´sea director general, no va usted a tener oportunidad de hacerlo.´
"Apagó la vela de pronto y salimos. La luna se había levantado. Algunas figuras negras vagaban alrededor, echando agua sobre los escombros de los que salía un sonido silbante. El vapor ascendía a la luz de la luna, el negro golpeado gemía en alguna parte. ´¡Qué escándalo hace ese animal!´, dijo el hombre infatigable de los bigotes, quien de pronto apareció a nuestro lado. ´De algo le servirá. Transgresión... castigo... ¡plaf! Sin piedad, sin piedad. Es la única manera. Eso prevendrá cualquier otro incendio en el futuro. Le acabo de decir al director... ´Se fijó en mi acompañante e inmediatamente pareció perder la energía: ´¿Todavía levantado?´, dijo con una especie de afecto servil. ´Bueno, es natural. Peligro... agitación´, y se desvaneció. Llegué hasta la orilla del río y el otro me acompañó. Oí un chirriante murmullo: ´¡Montón de inútiles, seguid!´ Podía ver a los peregrinos en grupitos, gesticulando, discutiendo. Algunos tenían todavía los palos en la mano. Yo creo que llegaban a acostarse con aquellos palos. Del otro lado de la empalizada la selva se erguía espectral a la luz de la luna, y a través del incierto movimiento, a través de los débiles ruidos de aquel lamentable patio, el silencio de la tierra se introducía en el corazón de todos... su misterio, su grandeza, la asombrosa realidad de su vida oculta. El negro castigado se lamentaba débilmente en algún lugar cercano, y luego emitió un doloroso suspiro que hizo que mis pasos tomaran otra dirección. Sentí que una mano se introducía bajo mi brazo. ´Mi querido amigo´, dijo el tipo, ´no quiero que me malinterprete, especialmente usted, que verá al señor Kurtz mucho antes de que yo pueda tener ese placer. No quisiera que se fuera a formar una idea falsa de mi disposición...´ "Dejé continuar a aquel Mefistófeles de pacotilla; me pareció que de haber querido hubiera podido traspasarlo con mi índice y no habría encontrado sino un poco de suciedad blanduzca en su interior.


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