El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.31
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Encendió una cerilla, y pude advertir que aquel joven aristócrata no sólo tenía un tocador montado en plata sino una vela entera, toda suya. Se suponía que el director era el único hombre que tenía derecho a las velas. Las paredes de barro estaban cubiertas con tapices indígenas; una colección de lanzas, azagayas, escudos, cuchillos, colgaba de ellas como trofeos. Según me habían informado, el trabajo confiado a aquel individuo era la fabricación de ladrillos, pero en toda la estación no había un solo pedazo de ladrillo, y había tenido que permanecer allí desde hacía más de un año, esperando. Al parecer no podía construir ladrillos sin un material, no sé qué era, tal vez paja. Fuera lo que fuese, allí no se conseguía, y como no era probable que lo enviaran de Europa, no resultaba nada claro comprender qué esperaba. Un acto de creación especial, tal vez. De un modo u otro todos esperaban, todos (bueno, los dieciséis o veinte peregrinos) esperaban que algo ocurriera; y les doy mi palabra de que aquella espera no parecía nada desagradable, dada la manera en que la aceptaban, aunque lo único que parecían recibir eran enfermedades, de eso podía darme cuenta. Pasaban el tiempo murmurando e intrigando unos contra otros de un modo completamente absurdo. En aquella estación se respiraba un aire de conspiración, que, por supuesto, no se resolvía en nada. Era tan irreal como todo lo demás, como las pretensiones filantrópicas de la empresa, como sus conversaciones, como su gobierno, como las muestras de su trabajo. El único sentimiento real era el deseo de ser destinado a un puesto comercial donde poder recoger el marfil y obtener el porcentaje estipulado. Intrigaban, calumniaban y se detestaban sólo por eso, pero en cuanto a mover aunque fuese el dedo meñique, oh, no. ¡Cielos santos!, hay algo después de todo en el mundo que permite que un hombre robe un caballo mientras que otro ni siquiera puede mirar un ronzal. Robar un caballo directamente, pase. Quien lo hace tal vez pueda montarlo. Pero hay una manera de mirar un ronzal que incitaría al piadoso de los santos a dar un puntapié. "Yo no tenía idea de por qué aquel hombre deseaba mostrarse sociable conmigo, pero mientras conversábamos me pareció de pronto que aquel individuo trataba de llegar a algo, a un hecho real, y que me interrogaba. Aludía constantemente a Europa, a las personas que suponía que yo conocía allí, dirigiéndome preguntas insinuantes sobre mis relaciones en la ciudad sepulcral.
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