El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.29
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¡A la horca con el tal Kurtz!, pensaba. Lo interrumpí diciéndole que ya en la costa había oído hablar del señor Kurtz. ´¡Ah! ¡De modo que se habla de él allá abajo!´, murmuró. Luego continuó su discurso, asegurándome que el señor Kurtz era el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional, de la mayor importancia para la compañía; por consiguiente yo debía tratar de comprender su ansiedad. Se hallaba, según decía, ´muy, muy intranquilo´. Lo cierto era que se agitaba sobre la silla y exclamaba: ´¡Ah, el señor Kurtz!´ En ese momento rompió la barra de lacre y pareció confundirse ante el accidente. Después quiso saber cuánto tiempo me llevaría rehacer el barco. Volví a interrumpirlo. Estaba hambriento, sabéis, y seguía de pie, por lo que comencé a sentirme como un salvaje. ´¿Cómo puedo afirmar nada?´, le dije. ´No he visto aún el barco. Seguramente se necesitarán varios meses.´ La conversación me parecía de lo más fútil. ´¿Varios meses?´, dijo. ´Bueno, pongamos tres meses antes de que podamos salir. Habrá que hacerlo en ese tiempo.´ Salí de su cabaña (vivía solo en una cabaña de barro con una especie de terraza) murmurando para mis adentros la opinión que me había merecido. Era un idiota charlatán. Más tarde tuve que modificar esta opinión, cuando comprobé para mi asombro la extraordinaria exactitud con que había señalado el tiempo necesario para la obra. "Me puse a trabajar al día siguiente, dando, por decirlo así, la espalda a la estación. Sólo de ese modo me parecía que podía mantener el control sobre los hechos redentores de la vida. Sin embargo, algunas veces había que mirar alrededor; veía entonces la estación y aquellos hombres que caminaban sin objeto por el patio bajo los rayos del sol. En algunas ocasiones me pregunté qué podía significar aquello. Caminaban de un lado a otro con sus absurdos palos en la mano, como una multitud de peregrinos embrujados en el interior de una cerca podrida. La palabra marfil permanecía en el aire, en los murmullos, en los suspiros. Me imagino que hasta en sus oraciones. Un tinte de imbécil rapacidad coloreaba todo aquello, como si fuera la emanación de un cadáver. ¡Por Júpiter! Nunca en mi vida he visto nada tan irreal. Y en el exterior, la silenciosa soledad que rodeaba ese claro en la tierra me impresionaba como algo grande e invencible, como el mal o la verdad, que esperaban pacientemente la desaparición de aquella fantástica invasión.
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