El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.27
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"No comprendí de inmediato la verdadera significación de aquel naufragio. Me parece que la comprendo ahora, pero tampoco estoy seguro... al menos no del todo. Lo cierto es que cuando pienso en ello todo el asunto me parece demasiado estúpido, y sin embargo natural. De todos modos... Bueno, en aquel momento se me presentaba como una maldición. El vapor había naufragado. Había partido hacía dos días con súbita premura por remontar el río, con el director a bordo, confiando la nave a un piloto voluntario, y antes de que hubiera navegado tres horas había encallado en unas rocas, y se había hundido junto a un banco de arena. Me pregunté qué tendría que hacer yo en ese lugar, ahora que el barco se había hundido. Para decirlo brevemente, mi misión consistió en rescatar el barco del río. Tuve que ponerme a la obra al día siguiente. Eso, y las reparaciones, cuando logré llevar todas las piezas a la estación, consumió varios meses. "Mi primera entrevista con el director fue curiosa. No me invitó a sentarme, a pesar de que yo había caminado unas veinte millas aquella mañana. El rostro, los modales y la voz eran vulgares. Era de mediana estatura y complexión fuerte. Sus ojos, de un azul normal, resultaban quizá notablemente fríos, seguramente podía hacer caer sobre alguien una mirada tan cortante y pesada como un hacha. Pero incluso en aquellos instantes, el resto de su persona parecía desmentir tal intención. Por otra parte, la expresión de sus labios era indefinible, furtiva, como una sonrisa que no fuera una sonrisa. Recuerdo muy bien el gesto, pero no logro explicarlo. Era una sonrisa inconsciente, aunque después dijo algo que la intensificó por un instante. Asomaba al final de sus frases, como un sello aplicado a las palabras más anodinas para darles una significación especial, un sentido completamente inescrutable. Era un comerciante común empleado en aquellos lugares desde su juventud, eso es todo. Era obedecido, a pesar de que no inspiraba amor ni odio, ni siquiera respeto. Producía una sensación de inquietud. ¡Eso era! Inquietud. No una desconfianza definida, sólo inquietud, nada más. Y no podéis figuraros cuán efectiva puede ser tal... tal... facultad. Carecía de talento organizador, de iniciativa, hasta de sentido del orden. Eso era evidente por el deplorable estado que presentaba la estación. No tenía cultura, ni inteligencia. ¿Cómo había logrado ocupar tal puesto? Tal vez por la única razón de que nunca enfermaba.
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