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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.26

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Es un fastidio, sabéis, llevar la propia chaqueta sobre la cabeza de otro hombre como si fuera un parasol mientras recobraba el sentido. No pude contenerme y en una ocasión le pregunté por qué había ido a parar a aquellos lugares. Para hacer dinero, por supuesto. ´¿Para qué otra cosa cree usted?´, me dijo desdeñosamente. Después tuvo fiebre y hubo que llevarlo en una hamaca colgada de un palo. Como pesaba ciento veinte kilos, tuve dificultades sin fin con los cargadores. Ellos protestaban, amenazaban con escapar, desaparecer por la noche con la carga... era casi motín. Una noche lancé un discurso en inglés ayudándome de gestos, ninguno de los cuales pasó inadvertido por los sesenta pares de ojos que tenía frente a mí, y a la mañana siguiente hice que la hamaca marchara delante de nosotros. Una hora más tarde todo el asunto fracasaba en medio de unos matorrales... el hombre, la hamaca, quejidos, cobertores, un horror. El pesado palo le había desollado la nariz. Yo estaba dispuesto a matar a alguien, pero no había cerca de nosotros ni la sombra de un cargador. Me acordé de las palabras del viejo médico: ´A la ciencia le interesa observar los cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio.´ Sentí que me comnzaba a convertir en algo científicamente interesante. Sin embargo, todo esto no tiene importancia. Al decimoquinto día volví a ver nuevamente el gran río, y llegué con dificultad a la Estación Central. Estaba situada en un remanso, rodeada de maleza y de bosque, con una cerca de barro maloliente a un lado y a los otros tres una valla absurda de juncos. Una brecha descuidada era la única entrada. Una primera ojeada al lugar bastaba para comprender que era el diablo el autor de aquel espectáculo. Algunos hombres blancos con palos largos en las manos surgieron desganadamente entre los edificios, se acercaron para echarme una ojeada y volvieron a desaparecer en alguna parte. Uno de ellos, un muchacho de bigote negro, robusto e impetuoso, me informó con gran volubilidad y muchas digresiones, cuando le dije quién era, que mi vapor se hallaba en el fondo del río. Me quedé estupefacto. ¿Qué, cómo, por qué? ¡Oh!, no había de qué preocuparse. El director en persona se encontraba allí. Todo estaba en orden. ´¡Se portaron espléndidamente! ¡Espléndidamente! Debe usted ir a ver en seguida al director general. Lo está esperando´, me dijo con cierta agitación.


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