El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.25
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"Al día siguiente abandoné por fin el campamento, con una caravana de sesenta hombres, para recorrer un tramo de doscientas millas. "No es necesario que os cuente lo que fue aquello. Veredas, veredas por todas partes. Una amplia red de veredas que se extendía por el jardín vacío, a lo largo de amplías praderas, praderas quemadas, a través de la selva, subiendo y bajando profundos barrancos, subiendo y bajando colinas pedregosas asoladas por el calor. Y una soledad absoluta. Nadie. Ni siquiera una cabaña. La población había desaparecido mucho tiempo atrás. Bueno, si una multitud de negros misteriosos, armados con toda clase de armas temibles, emprendiera de pronto el camino de Deal a Gravesend con cargadores a ambos lados soportando pesados fardos, imagino que todas las granjas y casas de los alrededores pronto quedarían vacías. Sólo que en aquellos lugares también las habitaciones habían desaparecido. De cualquier modo, pasé aún por algunas aldeas abandonadas. Hay algo patéticamente pueril en las ruinas cubiertas de maleza. Día tras día, el continuo paso arrastrado de sesenta pares de pies desnudos junto a mí, cada par cargado con un bulto de sesenta libras. Acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, emprender nuevamente la marcha. De cuando en cuando un hombre muerto tirado en medio de los altos yerbajos a un lado del sendero, con una cantimplora vacía y un largo palo junto a él. A su alrededor, y encima de él, un profundo silencio. Tal vez en una noche tranquila, el redoble de tambores lejanos, apagándose y aumentando, un redoble amplio y lánguido; un sonido fantástico, conmovedor, sugestivo y salvaje que expresaba tal vez un sentimiento tan profundo como el sonido de las campanas en un país cristiano. En una ocasión un hombre blanco con un uniforme desabrochado, acampado junto al sendero con una escolta armada de macilentos zanzíbares, muy hospitalario y festivo, por no decir ebrio, se encargaba, según nos dijo, de la conservación del camino. No puedo decir que yo haya visto ningún camino, ni ninguna obra de conservación, a menos que el cuerpo de un negro d e mediana edad con un balazo en la frente con el que tropecé tres millas más adelante pudiera considerarse como tal. Yo iba también con un compañero blanco, no era mal sujeto, pero demasiado grueso y con la exasperante costumbre de fatigarse en las calurosas pendientes de las colinas, a varias millas del más mínimo fragmento de sombra y agua.
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