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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.21

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Hasta dónde podía llegar su insidia sólo lo iba a descubrir varios meses después y a unas mil millas río adentro. Por un instante quedé amedrentado, como si hubiese oído una advertencia. Al fin, descendí la colina, oblicuamente, hacia la arboleda que había visto. "Evité un gran hoyo artificial que alguien había abierto en el declive, cuyo objeto me resultaba imposible adivinar. No se trataba ni de una cantera ni de una mina de arena. Era simplemente un hoyo. Podía relacionarse con el filantrópico deseo de proporcionar alguna ocupación a los criminales. No lo sé. Después estuve casi a punto de caer por un estrecho barranco, no mucho mayor que una cicatriz en el costado de la colina. Descubrí que algunos tubos de drenaje importados para los campamentos de la compañía habían sido dejados allí. Todos estaban rotos. Era un destrozo lamentable. Al final llegué a la arboleda. Me proponía descansar un momento a su sombra, pero en cuanto llegué tuve la sensación de haber puesto el pie en algún tenebroso círculo del infierno. Las cascadas estaban cerca y el ruido de su caída, precipitándose ininterrumpida, llenaba la lúgubre quietud de aquel bosquecillo (donde no corría el aire, ni una hoja se movía) con un sonido misterioso, como si la paz rota de la tierra herida se hubiera vuelto de pronto audible allí.
"Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas bajo los árboles, apoyadas sobre los troncos, pegadas a la tierra, parcialmente visibles, parcialmente ocultas por la luz mortecina, en todas las actitudes de dolor, abandono y desesperación que es posible imaginar. Explotó otro barreno en la roca, y a continuación sentí un ligero temblor de tierra bajo los pies. El trabajo continuaba. ¡El trabajo! Y aquél era el lugar adonde algunos de los colaboradores se habían retirado para morir. "Morían lentamente... eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales, no eran nada terrenal, sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían confusamente en la tiniebla verdosa. Traídos de todos los lugares del interior, contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, alimentados con una comida que no les resultaba familiar, enfermaban, se volvían inútiles, y entonces obtenían permiso para arrastrarse y descansar allí. Aquellas formas moribundas eran libres como el aire, tan tenues casi como él. Comencé a distinguir el brillo de los ojos bajo los árboles. Después, bajando la vista, vi una cara cerca de mis manos.


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