El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.13
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De todos modos, yo no iba a ir a ninguno de esos colores. A mí me correspondía el amarillo. La muerte en el centro. Allí estaba el río, fascinante, mortífero, como una serpiente. ¡Ay! Se abrió una puerta, apareció una cabeza de secretario, de cabellos blancos y expresión compasiva; un huesudo dedo índice me hizo una señal de admisión en el santuario. En el centro de la habitación, bajo una luz difusa, había un pesado escritorio. Detrás de aquella estructura emergía una visión de pálida fofez enfundada en un frac. Era el gran hombre en persona. Tenía seis pies y medio de estatura, según pude juzgar, y su mano empuñaba un lapicero acostumbrado a la suma de muchos millones. Creo que me la tendió, murmuró algo, pareció satisfecho de mi francés. Bon voyage. "Cuarenta y cinco segundos después me hallaba nuevamente en la sala de espera acompañado del secretario de expresión compasiva, quien, lleno de desolación y simpatía, me hizo firmar algunos documentos. Según parece, me comprometía entre otras cosas a no revelar ninguno de los secretos comerciales. Bueno, no voy a hacerlo. "Empecé a sentirme ligeramente a disgusto. No estoy acostumbrado, ya lo sabéis, a tales ceremonias. Había algo fatídico en aquella atmósfera. Era exactamente como si hubiera entrado a formar parte de una conspiración, no sé, algo que no era del todo correcto. Me sentí dichoso de poder retirarme. En el cuarto exterior las dos mujeres seguían tejiendo febrilmente sus estambres de lana negra. Llegaba gente, y la más joven de las mujeres se paseaba de un lado a otro haciéndolos entrar en la sala de espera. La vieja seguía sentada en el asiento; sus amplias zapatillas reposaban en un calentador de pies y un gato dormía en su regazo. Llevaba una cofia blanca y almidonada en la cabeza, tenía una verruga en una mejilla y unos lentes con montura de plata en el extremo de la nariz. Me lanzó una mirada por encima de los cristales. La rápida e indiferente placidez de aquella mirada me perturbó. Dos jóvenes con rostros cándidos y alegres eran piloteados por la otra en aquel momento; y ella lanzó la misma mirada rápida de indiferente sabiduría. Parecía saberlo todo sobre ellos y también sobre mí. Me sentí invadido por un sentimiento de importancia. La mujer parecía desalmada y fatídica. Con frecuencia, lejos de allí, he pensado en aquellas dos mujeres guardando las puertas de la Oscuridad, tejiendo sus lanas negras como para un paño mortuorio, la una introduciendo, introduciendo siempre a los recién llegados en lo desconocido, la otra escrutando las caras alegres e ingenuas con sus ojos viejos e impasibles.
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