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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.204

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-¿Aceptar qué?
-La herencia. Toda.
El incorruptible Profesor sonrió apenas. Sus ropas se le caían de encima y sus botas, ya sin forma a fuerza de arreglos, pesadas como plomo, hacían agua a cada paso. Y le dijo:
-Le voy a mandar enseguida una listita de productos químicos que necesito para mañana. Los necesito con urgencia. ¿Comprendido, no?
Ossipon bajó la cabeza con lentitud. Estaba solo. Un impenetra­ble misterio... Le pareció ver, suspendido en el aire, su propio cerebro, latiendo al ritmo de un impenetrable misterio. Se notaba que estaba enfermo... Este acto de locura o desesperación...
La pianola junto a la puerta tocaba un vals desfachatado, luego se silenció de pronto, como si estuviera enojada.
El camarada Ossipon, apodado el Doctor, salió de la cervecería Silenus. En la puerta dudó, parpadeando ante la luz no demasiado espléndida del sol. El diario con el reportaje sobre el suicidio de una mujer estaba en su bolsillo. Su corazón latía contra él. El suicidio de una mujer, ese acto de locura o desesperación.
Caminó por la calle sin mirar dónde ponía sus pies; y caminó en una dirección que no iba a llevarlo al lugar de una cita con otra mujer (una institutriz madura que había puesto su confianza en la cabeza ambrosíaca y apolínea). Caminó alejándose de allí. No podía enfrentar a ninguna mujer. Era la ruina. No podía pensar, trabajar, dormir ni comer. Pero estaba empezando a beber con placer, con anticipación, con esperanza. Era la ruina. Su carrera revolucionaria, sostenida por el sentimiento y la confianza de muchas mujeres, estaba amenazada por un impenetrable misterio: el misterio de un cerebro humano latiendo equivocado al ritmo de frases periodísticas... ocultar para siempre este acto... El cerebro se inclinaba hacia un abismo... de locura o desespe­ración...
«Estoy seriamente enfermo», se dijo a sí mismo con criterio cien­tífico. Ya su robusta figura, con el dinero del servicio secreto de una Embajada (heredado de Mr. Verloc) en sus bolsillos, marchaba hacia el abismo, como preparándose para la tarea de un futuro inevitable. Ya se agobiaban sus amplios hombros, su cabeza de ambrosía se preparaba a recibir la coyunda de cuero de un cartel sandwich. Como esa noche, más de una semana antes, el camarada Ossipon caminó sin mirar dónde ponía los pies, sin sentir fatiga, sin sentir nada, ni ver nada, ni oír nin­gún sonido. Un impenetrable misterio... Caminaba sin hacer caso de nada... Este acto de locura o desesperación.
Y el incorruptible Profesor caminaba, también, apartando sus ojos de la odiosa multitud de la humanidad. Él no tenía futuro; pero lo des­preciaba. Él era una fuerza. Sus pensamientos acariciaban imágenes de ruina y destrucción.


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