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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.203

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Hablaron con susurros audibles (por­que ella parece haberlos oído) acerca de St. Malo y del cónsul de esa ciudad, de comunicarse con la familia de esa mujer, en Inglaterra. Luego se fueron a preparar un lugar para ella abajo, porque, por cierto, a través de lo que veían en su cara, estaba a punto de morir. Pero el camarada Ossipon sabía que detrás de la blanca máscara de desespera­ción había una lucha contra el terror y la desesperación, una vigorosa vitalidad, un amor por la vida que podía resistir la furiosa angustia que lleva al asesinato y al miedo, el ciego, loco miedo de la horca. Lo sa­bía. Pero la camarera y su jefe no sabían nada, excepto que cuando volvieron a buscarla, en menos de cinco minutos, la mujer de negro ya no estaba en el asiento. No estaba en ningún lado. Se había ido. Eran las cinco de la mañana, y no hubo ningún accidente, tampoco. Una hora después uno de los peones del barco encontró una alianza sobre el asiento. Se había adherido a la madera en una parte mojada y su res­plandor atrajo la mirada del hombre. Dentro del anillo había grabada una fecha: 24 de junio, 1879. Un impenetrable misterio parece desti­nado a ocultar para siempre...
Y el camarada Ossipon levantó su cabeza agobiada, amada por muchas humildes mujeres de estas islas, tal como Apolo por el res­plandor soleado de su mata de pelo.
El Profesor se había puesto impaciente mientras tanto. Se puso de pie.
-Quédese- dijo Ossipon, con prisa-. ¿Qué sabe usted de locura y desesperación?
El Profesor se pasó la punta de la lengua por los labios secos y delgados y dijo, doctoralmente:
-Esas cosas no existen. Toda pasión se ha perdido ya. El mundo es mediocre, claudicante, sin fuerza. Y la locura y la desesperación son una fuerza. Y la fuerza es un crimen a los ojos de los tontos, los débiles y los bobos que tienen la sartén por el mango. Usted es mediocre. Verloc, que tuvo ese asunto que la policía se encargó muy bien de tapar, era mediocre. Y la policía lo asesinó. Era un mediocre. Todo el mundo es mediocre. ¡Locura y desesperación! Deme esas fuerzas como palanca y moveré el mundo. Ossipon, usted tiene mi cordial desprecio. Usted es incapaz de concebir, siquiera, lo que los ciudadanos bien alimentados llamarían un crimen. Usted no tiene fuerza.- Hizo una pausa, sonrió, sardónico, bajo el feroz brillo de sus gruesos lentes.
-Y déjeme decirle que esa herencia que, dicen, ha cobrado, no de­sarrolló su inteligencia. Se sienta con la cerveza adelante, como un idiota. Adiós.
-¿La aceptará?- dijo Ossipon, mirándolo con una mueca estúpida.


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