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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.202

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Un impenetrable misterio parece destinado a ocultar para siem­pre... Se sabía todas las palabras de memoria. Un impenetrable miste­rio... Y el robusto anarquista dejó caer la cabeza sobre su pecho y se sumergió en una larga ensoñación.
Este asunto amenazaba las propias fuentes de su existencia. Ya no podía ir a buscar sus varias conquistas, las que solía cortejar en los bancos de Kensington Gardens, ni las que encontraba junto a las verjas, sin el temor de empezar a hablarles de un impenetrable misterio desti­nado... Estaba poniéndose científicamente temeroso de insania, la que lo aguardaba, expectante, entre esas líneas. A ocultar para siempre este. Era una obsesión, una tortura. Había fallado al querer mantener algunos de esos encuentros, cuya característica solía ser una infinita confianza en el lenguaje sentimental y en una viril ternura. La confiada actitud de los distintos tipos de mujeres satisfacía las necesidades de su amor a sí mismo, y ponía algunos recursos materiales en sus manos. Los necesitaba para vivir.. Y estaban ahí. Pero si ya no podía hacer uso de ellos, corría el riesgo de matar de inanición sus ideales y su cuerpo... Este acto de locura o desesperación.
Un impenetrable misterio, sin duda, iba a ocultar para siempre en cuanto a la humanidad se refería. ¿Pero qué ocurría si él solo entre todos los hombres jamás lograra desembarazarse de conocer ese abo­minable misterio? Y el conocimiento del camarada Ossipon era dema­siado preciso, llegaba más allá del mismo umbral del misterio destina­do a ocultar para siempre...
El camarada Ossipon estaba bien informado. Sabía lo que había visto el hombre del embarcadero: «una mujer con vestido negro, un velo negro, vagando sola, a medianoche, por el muelle. ‘Si va a tomar el barco, señora’, le había dicho a la mujer, `es por aquí’. Parecía que ella no sabía qué hacer. La ayudó a subir; parecía sentirse débil».
Y Ossipon sabía también qué había visto la camarera: una mujer vestida de negro, de cara blanca, parada en medio de la cabina para damas que estaba vacía. La camarera la invitó a acostarse. La mujer no quería hablar, cono si estuviese en medio de un terrible problema. Luego la camarera se dio cuenta de que la mujer se había ido de la cabina para damas. La camarera fue a buscarla a cubierta y el camarada Ossipon se enteró de que la buena mujer encontró a la desdichada dama sentada en uno de los asientos cubiertos. Sus ojos estaban abier­tos pero no quiso responder a nada de lo que se le preguntaba. La ca­marera mandó llamar al jefe de camareros del barco y estas dos perso­nas estuvieron paradas junto al asiento consultándose acerca de la extraordinaria y trágica pasajera.


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