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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.201

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.. no al débil sino al fuerte. La humanidad quiere vivir... vivir.
-La humanidad- aseguró el Profesor, con una segura chispa en sus anteojos de marco metálico- no sabe lo que quiere.
-Pero usted sí- gruñó Ossipon-. Recién estuvimos reclamando tiempo, tiempo. Bien, los doctores le darán ese tiempo, si usted es apto. Usted se considera uno de los fuertes, porque lleva en el bolsillo mate­rial suficiente para mandarlo a usted y, digamos, a veinte personas más a la eternidad. Pero la eternidad es un hoyo maldito. Ése es el tiempo que usted necesita. Si encontrara un hombre que le pudiera dar con seguridad diez años de tiempo, lo llamaría amo.
-Mi consigna es: ni dios, ni amo- dijo el Profesor sentenciosa­mente, al pararse para bajar del ómnibus.
Ossipon lo siguió:
-Espere hasta que esté acostado de espaldas al final de su tiempo­le contestó, saltando del estribo por detrás del Profesor-Su ruin, zapa­rrastroso, mugriento pedacito de tiempo- continuó, cruzando la calle y subiendo al cordón.
-Ossipon, yo creo que usted es un farsante- dijo el Profesor, abriendo en forma imperiosa las puertas del renombrado Silenus. Lue­go, cuando se sentaron a una mesita, desarrolló con amplitud ese gra­cioso pensamiento-. Usted ni siquiera es doctor. Pero es cómico. Su idea de una humanidad universalmente olvidada de las diferencias de lengua y tomando la píldora de polo a polo, por orden de unos pocos solemnes bromistas, es digna de un profeta. ¡Profecías! ¿Para qué sirve pensar en lo que ha de ocurrir?- levantó su vaso-. Por la destrucción de lo que existe- dijo con calma.
Bebió y retomó su peculiar silencio cerrado. El pensamiento de una humanidad tan numerosa como los granos de arena de las playas del mar, tan indestructible, tan difícil de manejar, lo deprimía. El soni­do de bombas explotando se perdía en su inmensidad de granos pasi­vos, sin un eco. Por ejemplo, este asunto Verloc. ¿Quién piensa ahora en él?
Ossipon, como si una fuerza misteriosa lo impulsara, sacó de su bolsillo un diario todo doblado. El Profesor levantó la cabeza al oír el crujido.
-¿Qué diario es? ¿Hay algo importante?- preguntó.
Ossipon empezó a hablar como un sonámbulo.
-Nada. Nada de nada. Un asunto de diez días atrás. Me lo olvidé en el bolsillo, supongo.
Pero no tiró ese papel viejo. Antes de volverlo a su bolsillo, le echó una mirada al párrafo final. Esas líneas decían: Un impenetrable misterio parece destinado a ocultar para siempre este acto de locura o desesperación.
Así decía el final de un artículo titulado: «SUICIDIO DE UNA PASAJERA DE UN VAPOR QUE CRUZABA EL CANAL». El ca­marada Ossipon era conocedor de las bellezas de ese estilo periodísti­co.


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