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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.200

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-¿No he sufrido lo bastante esta opresión del débil?- continuó, violento. Luego, golpeando el bolsillo interno de su saco, agregó-: y todavía yo soy la fuerza. ¡Pero el tiempo! ¡El tiempo! ¡Denme tiempo! ¡Ah!, esa multitud, demasiado estúpida para sentir piedad o miedo. A veces pienso que ellos lo tienen todo a su favor. Todo... incluso la muerte, mi propia arma.
-Venga conmigo, tomemos una cerveza en el Silenus- dijo el ro­busto Ossipon después de un intervalo de silencio, lleno del flap-flap de las pantuflas que cubrían los pies del Perfecto Anarquista. Éste aceptó. Estaba jovial ese día, a su propio y peculiar modo. Palmeó el hombro de Ossipon.
-¡Cerveza! ¡Muy bien! Bebamos y seamos felices, porque noso­tros somos fuertes y mañana moriremos.
Se ocupó en ponerse las botas y entretanto habló con su tono seco y resuelto.
-¿Qué le pasa Ossipon? Lo veo malhumorado y busca mi compa­ñía. Me han dicho que se lo ve siempre en lugares donde los hombres dicen cosas absurdas entre vasos de licor. ¿Por qué? ¿Abandonó su colección de mujeres? Son las débiles que alimentan al fuerte, ¿eh?
Bajó un pie y tomó su otra bota acordonada, ordinaria, de gruesa suela, sin lustre, arreglada varias veces. Se sonrió a sí mismo, torvo.
-Dígame, Ossipon, hombre terrible, ¿alguna de sus víctimas se suicidó por usted alguna vez, o sus triunfos son tan incompletos? Por­que sólo la sangre pone un sello de grandeza. Sangre. Muerte. Fíjese en la historia.
-Váyase al diablo- dijo Ossipon, sin volver la cabeza.
-¿Por qué? Déjelo como esperanza para los débiles, cuya teología inventó el infierno para los fuertes. Ossipon, siento hacia usted un amistoso desdén. Usted no mataría ni a una mosca.
Pero mientras iban hacia la fiesta, en la parte superior de un óm­nibus, el Profesor perdió su elevado espíritu. La contemplación de las muchedumbres transitando por la calle extinguía su seguridad con una carga de dudas y desasosiego, que únicamente podía quitarse luego de un período de aislamiento en el cuarto del gran armario, cerrado con un candado enorme.
-Y entonces- le dijo por sobre el hombro el camarada Ossipon, que estaba sentado detrás del Profesor- entonces Michaelis sueña con un mundo parecido a un bello y alegre hospital.
-Eso mismo. Una inmensa institución de caridad para curar a los débiles- asintió el Profesor, sardónico.
-Eso es ridículo- admitió Ossipon-. No se puede curar la debili­dad. Pero después de todo Michaelis puede no estar equivocado. Den­tro de doscientos años los médicos gobernarán el mundo. La ciencia reina ya. Reina en la sombra, quizá, pero reina. Y toda ciencia debe culminar a la larga en la ciencia de curar.


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