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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.199

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Junto a la mesa de tablas, al lado de la ventana, estaba el camara­da Ossipon, sosteniéndose la cabeza entre los puños. El Profesor, ves­tido con su único traje de tweed ordinario, pero arrastrando de un lado a otro, por el piso desnudo, un par de pantuflas increíblemente gasta­das, sumergía sus manos en lo hondo de los bolsillos estirados de su saco. Estaba relatando a su robusto huésped una visita que, pocos días antes, le había devuelto al Apóstol Michaelis. El Perfecto Anarquista jamás había cedido un ápice.
-El tipo no sabía nada de la muerte de Verloc. ¡Por supuesto! Nunca lee los diarios. Lo ponen demasiado triste, dice. Pero no impor­ta. Yo fui caminando hasta su quinta. Ni un alma en toda la casa. Tuve que golpear una media docena de veces antes que me contestara. Pensé quo todavía estaría dormido, en la cama. Pero no. Ya hacía cuatro horas que estaba escribiendo su libro. Estaba sentado en esa jaulita, en medio de un revuelo de papeles. En la mesa había una zanahoria cruda, comida a medias. Su desayuno. Ahora vive a dieta de zanahoria cruda y un poco de leche.
-¿Qué aspecto tiene?- preguntó el camarada Ossipon, indiferente.
-Angélico... Recogí un puñado de hojas del suelo. La pobreza de razonamiento es asombrosa. No tiene lógica. No puede pensar con coherencia. Pero eso no es nada. Ha dividido su biografía en tres par­tes, tituladas: Fe, Esperanza, Caridad. Ahora está elaborando la idea de un mundo planeado como un inmenso y bello hospital, con jardines y flores, en donde los fuertes son tan devotos de sí mismos como para cuidar a los débiles.
El Profesor hizo una pausa.
-¿Usted concibe esta locura, Ossipon? ¡Los débiles! ¡La fuente de todo el mal sobre la tierra!- continuó con torva seguridad-. Le dije que había soñado con un mundo que fuese un matadero donde los débiles iban a una exterminación total. ¿Comprende, Ossipon? ¡La fuente de todo mal! Están nuestros siniestros amos: el débil, el blando, el tonto, el cobarde, el débil de corazón y el esclavo de la mente. Ellos tienen poder. Son muchedumbre. Suyo es el reino de la tierra. ¡Exterminio, exterminio! Ésa es la única vía de progreso. ¡Lo es! Atiéndame, Ossi­pon. Primero, la gran multitud de débiles; luego, los relativamente fuertes. ¿Se da cuenta? Primero los ciegos, después los sordos y los mudos, luego los cojos y los lisiados y así siguiendo. Toda corrupción, todo vicio, todo prejuicio, toda convención tiene que ser condenada al exterminio.
-¿Y qué queda?- preguntó Ossipon, con voz ahogada.
-Quedo yo... si soy lo bastante fuerte- aseguró el cetrino, diminuto Profesor, cuyas largas orejas, como membranas, separadas de los cos­tados de su frágil cráneo, enrojecieron de pronto.


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