El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.198
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Y el camarada Ossipon, una vez más se encontró sobre un puente. El río, una siniestra maravilla de sombras quietas y resplandores fluyentes, confundiéndose abajo en un silencio negro, llamó su atención. Se detuvo mirando por encima del parapeto durante un largo rato. El reloj de la torre desató una ráfaga broncínea por encima de su cabeza inclinada. Miró el cuadrante... Las doce y media de una noche bravía en el Canal.
Y de nuevo caminó el camarada Ossipon. Su figura robusta fue vista esa noche en lugares distantes de la enorme ciudad, dormitando como un monstruo sobre una alfombra de barro, bajo un velo de desapacible niebla. Se lo vio cruzando las calles sin vida y sin sentido, o perdiéndose en las perspectivas de casas sombrías que bordeaban callejas vacías, limitadas por hileras de faroles de gas. Caminó a través de plazas, parques, rotondas, tribunales, a través de calles monótonas, sin nombre conocido, donde el fango de la humanidad permanece inerte y desesperanzado, fuera de la corriente de la vida. Caminó. Y de pronto, doblando por la verja de un jardín con un cantero de césped roñoso, se introdujo en una casita tiznada, con una llave que extrajo de su bolsillo.
Se tiró en la cama totalmente vestido y se quedó quieto por un cuarto de hora. Luego se sentó de pronto, levantó las rodillas y se abrazó las piernas. La primera claridad lo encontró con los ojos abiertos, en esa misma postura. Ese hombre que podía caminar tanto tiempo, tanta distancia, tan sin rumbo, sin mostrar signos de fatiga, podía también estar sentado, quieto durante horas sin mover un brazo ni parpadear. Pero cuando el sol de la mañana envió sus rayos a la habitación, desentrelazó las manos y cayó hacia atrás, sobre la almohada. Sus ojos miraron fijos el cielo raso. Y de pronto se cerraron. El camarada Ossipon dormía a la luz del sol.
XIII
El enorme candado de hierro, sobre las puertas del armario empotrado, era el único objeto en el cuarto sobre el que el ojo podía detenerse sin sentir aflicción por la miserable falta de encanto de las cosas y la pobreza evidente. De poca salida en las ventas corrientes, por sus notables proporciones, lo había cedido al Profesor, a cambio de unos pocos peniques, el dueño de un almacén marinero del este de Londres. El cuarto era grande, limpio, respetable y pobre, con esa pobreza que sugiere la carencia de toda otra comida que no sea el pan seco. En las paredes no había nada más que el empapelado, una superficie verdearsénico, manchada con indelebles tiznaduras y con chorreaduras que hacían pensar en mapas marchitos de continentes deshabitados.
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