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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.197

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Des­pués llegó usted...
Hizo una pausa. Luego, como una confidencia, con gratitud, so­llozó:
-¡Viviré todos mis días para usted, Tom!
-Vaya al otro lado del vagón, lejos de la plataforma- dijo Ossipon, solícito. Ella se dejó acomodar por su salvador y él observó que sobre­venía otra crisis de llanto, más violenta que la primera. Controló los síntomas con una especie de aire medical, como si contara los segun­dos. Oyó, por fin, el silbato del guarda. Una contracción involuntaria del labio superior descubrió sus dientes, dándole todo el aspecto de una decisión salvaje, tan pronto como sintió que el tren empezaba a mover-se. Mrs. Verloc no oyó ni se percató de nada y Ossipon, su salvador, se mantuvo quieto. Veía que el tren rodaba más veloz, retumbando con fuerza por encima de los bajos sollozos de la mujer, y cruzando el compartimiento en dos zancadas, abrió deliberadamente la puerta y saltó afuera.
Había saltado al llegar justo al final del andén; y puso tanta perti­nacia en cumplir su plan desesperado, que por una especie de milagro, cumplido casi en el aire, logró cerrar la puerta del tren. Sólo después se encontró rodando hecho un ovillo, como un conejo herido. Estaba magullado, golpeado, pálido como la muerte y sin aliento cuando se levantó. Pero estaba sereno y en perfectas condiciones para enfrentarse con la excitada muchedumbre de empleados de ferrocarril que se había reunido a su alrededor en un momento. Les explicó, con tono gentil y convincente, que su mujer había viajado ante la noticia imprevista de que la madre estaba moribunda, en Bretaña; eso, por supuesto, la había trastornado muchísimo y él se había preocupado por su aflicción así que estaba consolándola y ni siquiera se dio cuenta de que el tren ya estaba en movimiento. A la exclamación general «¿por qué no fue hasta Southampton, entonces, señor?», objetó la inexperiencia de una joven cuñada que había quedado sola en la casa, con tres criaturitas y su consiguiente alarma si él no llegaba, ni avisaba, ya que el telégrafo estaba cerrado a esa hora. Había actuado en forma impulsiva.
-Pero creo que nunca más voy a hacerlo- concluyó; sonrió a toda la rueda, distribuyó algunas moneditas y se marchó sin vacilar; salió de la estación.
Afuera, el camarada Ossipon, cargado de letras de banco como jamás lo había estado en su vida, rechazó el ofrecimiento de un coche­ro.
-Puedo caminar dijo, con una sonrisita amistosa para el cortés conductor.
Podía caminar. Caminó. Cruzó el puente. Más adelante, las torres de la Abadía, macizas e inmóviles, vieron pasar la mata amarilla de su pelo, debajo de los faroles. Las luces de Victoria lo vieron también, y Sloane Square, y las verjas del parque.


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