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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.196

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La observaba científicamente. Observó sus mejillas, la nariz, los ojos, las orejas... ¡Malo!... ¡Fatal! Los pálidos labios de Mrs. Verloc se separaban, relajados bajo la mirada atenta, apasionada; él observó también sus dientes... No cabía duda... de tipo asesino... Si el camarada Ossipon no encomendó su alma aterrorizada a Lombroso, fue sólo porque con fundamentos científicos no podía creer que tuviera algo así como un alma. Pero era poseedor de un espíritu científico, que lo impulsó a testimoniar, sobre la plataforma de una estación de ferrocarril, con frases nerviosas y entrecortadas:
-Era un muchachito extraordinario, su hermano. Muy interesante para un estudio. Un tipo perfecto en cierto sentido. ¡Perfecto!
Habló científicamente, en su secreto temor. Y Mrs. Verloc oyen­do esas palabras de encomio dedicadas a su amado muerto, se inclinó hacia adelante con un aleteo de luz en sus ojos sombríos, como un rayo fúlgido anunciando una tempestad de lluvia.
-Así era, por cierto- susurró con suavidad, los labios temblorosos­. Usted se fijaba mucho en él, Tom. Yo lo amé por eso.
-Es casi increíble el parecido que había entre ustedes dos- prosi­guió Ossipon, y le estaba dando voz a su inamovible temor y tratando de aplacar su nerviosa, enfermiza impaciencia por la partida del tren-. Sí, se le parecía.
Estas palabras no eran conmovedoras ni simpáticas en especial. Pero la insistencia en recordar el parecido fue suficiente de por sí para provocar en Mrs. Verloc una emoción muy profunda. Con un débil grito, echando los brazos afuera, se desató en lágrimas, por fin.
Ossipon subió al compartimiento, cerró con precipitación la puerta y miró la hora en el reloj de la estación. Ocho minutos más. Durante los tres primeros, Mrs. Verloc lloró violenta y desamparada­mente, sin pausa ni interrupción. Luego se recobró un poco y sollozó, mansa, una lluvia abundante de lágrimas. Y a continuación trató de hablar a su salvador, al hombre que era mensajero de vida.
-¡Oh, Tom! ¿Cómo podía temerle a la muerte, después que me lo quitaron con tanta crueldad? ¡Cómo podía! ¡Cómo podía ser tan cobar­de!
En voz alta se lamentó por su amor a la vida, esa vida llevada sin gracia ni encanto, y casi sin decencia, pero de una exaltada fidelidad a su objetivo, hasta el punto de llegar al asesinato. Y, como pasa a me­nudo en los lamentos de la pobre humanidad, rica en sufrimiento, pero indigente en palabras, la verdad- el grito mismo de la verdad- estuvo en una desgastada fórmula artificial, recogida en alguna parte, entre frases sensibleras.
-¡Cómo pude temerle a la muerte! Tom, lo intenté, pero tenía miedo. Traté de tirarme. Y no pude. ¿Soy mezquina? Supongo que la copa de horrores no está todavía lo bastante llena como para mí.


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