El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.195
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-Para sacarme el frío- explicó a la chica del bar, con una mueca amistosa y una sonrisa. Luego salió, llevándose de ese festivo interludio la cara de un hombre que hubiera bebido en la propia Fuente del Dolor. Levantó los ojos hacia el reloj. Ya era la hora. Esperó.
Puntual, Mrs. Verloc apareció, con el velo bajo, y toda de negro, negra como la muerte misma, según se dice, coronada con unas poquitas flores pálidas y baratas. Pasó junto a un grupito de hombres que reían, pero cuya risa podía morir con una sola palabra. La mujer caminaba con paso indolente, pero su espalda estaba rígida y el camarada Ossipon miró hacia atrás con terror antes de empezar a caminar.
El tren estaba listo, con muy poca gente en la hilera de sus puertas abiertas. A causa de la época del año y del tiempo abominable, había pocos pasajeros. Mrs. Verloc caminó con lentitud a lo largo de los compartimientos vacíos hasta que Ossipon le tocó el codo por detrás.
-Aquí.
Subió, mientras él permanecía en la plataforma mirando a su alrededor. Ella se inclinó hacia afuera y con un susurro:
-¿Qué pasa, Tom? ¿Hay algún peligro?
-Espere un momento. Ahí está el guarda.
Lo vio abordar a un hombre de uniforme. Hablaron un rato. Luego oyó que el guarda decía:
-Muy bien, señor- y se tocó la gorra.
Después llegó de regreso Ossipon, diciendo:
-Le pedí que no dejara subir a nadie en este compartimiento.
-Usted piensa en todo... ¿Me sacará de aquí, Tom?- recostada en su asiento preguntaba con tono de angustia, y levantó con brusquedad el velo para mirar a su salvador.
Había descubierto un rostro adamantino. Y en esa cara los ojos miraban, grandes, secos, agrandados, opacos, abrasados, como dos agujeros negros en los globos blancos y brillantes.
-No hay peligro- le dijo él, mirándola con una seriedad casi arrebatada, que a Mrs. Verloc, prófuga de la horca, le pareció llena de fuerza y ternura. Esa devoción la conmovió en lo hondo y su rostro adamantino perdió la torva rigidez de su terror. El camarada Ossipon miró esa cara como ningún amante había mirado jamás el rostro de su amada. Alexander Ossipon, anarquista, apodado el Doctor, autor de un panfleto médico (e indecoroso), antiguo conferenciante sobre los aspectos sociales de la higiene en los clubes de obreros, estaba libre de las trabas de la moral convencional... pero se sometía a la ley de la ciencia. Era científico y observaba científicamente a esa mujer, la her-mana de un degenerado, ella misma degenerada, del tipo asesino. La observó e invocó a Lombroso, como un campesino italiano se encomienda a su santo favorito.
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