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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.194

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Mrs. Verloc miraba derecho hacia adelante, con la perspectiva de su huida. Una y otra vez, como un gallardete sable que se agitara a través de la calle, las palabras «se le dio una caída de catorce pies» se cruzaban en el camino de su mirada fija y tensa. A través del velo negro lo blanco de sus grandes ojos brillaba, refulgente, como si se tratara de los ojos de una mujer enmascarada.
La rigidez de Ossipon tenía algo formal, una desfalleciente expre­sión oficial. Se lo oyó otra vez, en forma repentina, como si hubiese estado atrapando algo para hablar.
-¡Mire! ¿No sabe si su... si él guardaba su dinero en el banco a su propio nombre o con otro nombre?
Mrs. Verloc volvió hacia él su rostro enmascarado y el intenso fulgor blanco de sus ojos.
-¿Otro nombre?- dijo, pensando.
-Sea exacta- sermoneó Ossipon en la agitación del coche-. Es de extrema importancia. Le voy a explicar. El banco tiene los números de estas letras. Si le pagaron a su propio nombre, cuando su... cuando su muerte se sepa, las letras pueden servir para rastrearnos, ya que no tenemos más plata que ésa. ¿Tiene más dinero consigo?
Ella sacudió la cabeza negativamente- ¿Nada más?- insistió el hombre.
-Unos pocos cobres.
-Podría ser peligroso, en ese caso. Habría que tener especial cui-dado en gastarlas. Muy especial. Tal vez tendríamos que perder más de la mitad del monto para poder cambiarlas en un lugar seguro que yo conozco en París. En el otro caso quiero decir, si él tenía esa cuenta y la cobró con otro nombre, Smith, por ejemplo- no hay riesgo alguno en usar este dinero. ¿Comprende? El banco no tiene medios para saber que Mr. Verloc y, digamos, Smith son una y la misma persona. ¿Ve usted cuánta importancia tiene que no se equivoque al contestarme? ¿Puede contestar esta pregunta? Tal vez no, ¿eh?
La mujer respondió con tranquilidad:
-¡Ahora me acuerdo! No depositó bajo su propio nombre. Una vez me dijo que había hecho el depósito a nombre de Prozor.
-¿Está segura?
-Por completo.
-¿Cree que el banco tuviera conocimiento de su nombre verdade­ro? ¿O que alguien en el banco o...?
Ella se encogió de hombros.
-¿Cómo puedo saberlo? ¿Es probable, Tom?
-No. Supongo que no es probable. Hubiera sido más cómodo sa­ber... Ya llegamos. Baje primero y camine derecho adentro. Muévase con soltura.
Ossipon se quedó atrás y sacó de su propia plata para pagar al co­chero. El programa trazado por su minuciosa previsión estaba en mar­cha. Cuando Mrs. Verloc con su boleto para St. Malo en la mano, entró en el salón de espera para damas, el camarada Ossipon se encaminó hacia el bar y en siete minutos sorbió tres medidas de brandy caliente y agua.


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