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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.193

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Verloc de la partida final de su mujer... acompañada por su amigo.
En el coche, que tomaron de inmediato, el robusto anarquista se explayó. Aún tenía una terrible palidez, y sus ojos parecían haberse hundido media pulgada en su cara tensa. Pero dio la impresión de ha­ber pensado en todo con extraordinario método.
-Cuando lleguemos- explicó con un tono desfalleciente, monóto­no- debe ir hacia la estación lejos de mí, como si no nos conociéramos. Yo compraré los boletos y le deslizaré el suyo en la mano al pasar a su lado. Luego usted se irá a la sala de espera para mujeres, de primera, y se sentará allí hasta diez minutos antes de que el tren salga. Entonces saldrá. Yo estaré afuera. Usted irá a la plataforma, primero, como si no me conociera. Puede haber ojos vigilantes que saben qué es qué. Sola, usted es sólo una mujer que viaja en tren. Yo soy conocido. Conmigo, usted puede ser reconocida como Mrs. Verloc, huyendo. ¿Me com­prende, querida?- agregó con esfuerzo.
-Sí- dijo Mrs. Verloc, sentada allí, junto a él, dentro del coche, rí­gida por el temor a la horca y el miedo a la muerte-. Sí, Tom.-Y agregó para sí misma, como si fuera un refrán horrible- «se le dio una caída de catorce pies».
Ossipon, sin mirarla, con la cara como un molde de sí misma, he-cho de yeso fresco después de una enfermedad agotadora, dijo:
-De paso, tengo que tener el dinero para los boletos, démelo aho­ra.
Mrs. Verloc desprendió algunos ganchos de su vestido, con la mi­rada fija hacia adelante; más allá del guardabarros, y le entregó el li­brito nuevo, encuadernado en piel de chancho. Él lo recibió sin una palabra y lo sumergió muy hondo en algún sitio de su propio pecho. Luego palmeó el costado de su saco, desde afuera.
Todo esto fue hecho sin cambiar ni una sola mirada; eran como dos personas que esperan divisar una meta anhelada. Hasta que el co­che no giró en una esquina, hacia el puente, Ossipon no volvió a abrir sus labios.
-¿Sabe cuánta plata hay en ese objeto?- preguntó como si inter­pelara con precaución a algún duende sentado entre las orejas del ca­ballo.
-No- dijo Mrs. Verloc-. Él me lo dio. No lo conté. No pensé en eso hasta ahora. Además...
Su mano derecha se movió apenas. Fue tan expresivo ese peque­ño movimiento de esa mano derecha que había asestado la cuchillada mortal en el corazón de un hombre menos de una hora antes, que Ossi­pon no pudo reprimir un estremecimiento; pero lo exageró en forma deliberada para murmurar:
-Tengo frío. Estoy destemplado por completo.


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