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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.192

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Pero con ese movimiento se había puesto otra vez junto a ella. La sintió abrazada a sus piernas, y su terror arribó a su punto culminante, se convirtió en una especie de intoxica­ción, generadora de alucinaciones, y adquirió las características de un delirium tremens. Veía, objetivamente, serpientes. Vio a la mujer en­roscada en torno a él, como una serpiente que no se podía sacudir de encima. No estaba moribunda. Era la muerte misma... la compañera de la vida.
Mrs. Verloc, como si se hubiera aliviado con el estallido, estaba muy lejos de ese desvarío; estaba en estado lamentable.
-Tom, usted no me puede echar ahora- murmuró desde el piso-. No, a menos que me aplaste la cabeza con su talón. No lo dejaré.
-Levántese- dijo Ossipon.
La cara del hombre estaba tan pálida como para ser bastante visi­ble en la profunda oscuridad negra del negocio; en cambio Mrs. Ver­loc, velada, no tenía cara, casi no tenía forma discernible. El temblor de algo pequeño y blanco, una flor en su sombrero, marcaba su ubica­ción, sus movimientos.
Ese objeto se irguió en la negrura. Una vez que estuvo de pie, Ossipon se arrepintió de no haber corrido afuera, de inmediato, hacia la calle. Pero se percató muy pronto de que no hubiera podido hacerlo. No. Ella hubiera corrido detrás de él. Lo hubiera perseguido gritando hasta que todos los policías al alcance de su voz se hubieran puesto a cazarlos. Y luego sólo Dios sabía qué iría a decir ella de él. Estaba tan aterrado que por un momento la insana idea de estrangularla en la oscuridad pasó por su cabeza. ¡Y se sintió más aterrado que antes! Ella lo tenía en su poder. Se vio a sí mismo viviendo en abyecto terror en algún oscuro villorrio de España o Italia; hasta que un buen día lo encontraran muerto, también, con un cuchillo en el pecho... como Mr.
Verloc. Suspiró hondo. No se atrevía a moverse. Y Mrs. Verloc espe­raba en silencio lo que buenamente quisiera hacer su salvador, dedu­ciendo de su mutismo que él estaba animado.
De pronto el hombre habló, con voz casi natural. Sus reflexiones habían llegado a un punto final.
-Salgamos o perderemos el tren.
-¿Adónde vamos, Tom?- preguntó con timidez: Mrs. Verloc ya no era una mujer libre.
-Primero a París, el mejor camino que podemos... Salga primero y fíjese si tenemos vía libre.
Obedeció. Su voz llegó sumisa a través de la puerta abierta con cautela.
-Todo anda bien.
Ossipon salió. A pesar de todos sus esfuerzos por ser suave, la campanilla rajada resonó detrás de la puerta, dentro del negocio vacío, como si en vano quisiese advertir a Mr.


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