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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.191

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Verloc-. No le pido que se case conmigo- jadeó con acentos de bo­chorno.
La mujer dio un paso adelante en la oscuridad. Ossipon tuvo mie­do de ella. No se hubiese sorprendido si de pronto hubiera sacado otro cuchillo destinado a su pecho. Y por cierto que no hubiera ofrecido resistencia. No tenía energía suficiente dentro de sí para decirle, en ese momento, que se mantuviese alejada. Pero le preguntó con voz caver­
nosa, con un tono extraño:
-¿Estaba dormido?
-No- le gritó ella y prosiguió, rápida- no estaba dormido; no. Me había estado diciendo que nada podía pasarle. Después de haberse llevado al chico, bajo mis propias narices, para matarlo... ese chico cariñoso, inocente, inofensivo. Mío, ya le conté. Estaba reposando en el sillón, muy tranquilo, después de matar al chico... a mi chico. Hu­biera querido salir a las calles para no verlo más. Y me dijo así: «ven acá», después de decirme que yo había colaborado para matar al chico. ¿Me oye, Tom?; él me dijo así: «ven acá» después de sacarme el cora­zón junto con mi muchacho para aplastarlo en la basura.
Calló y luego, como en sueños, repitió:
-Sangre y basura. Sangre y basura.
Una luz iluminó al camarada Ossipon. Ese chico débil mental era el que había muerto en el parque. Y todo lo demás a su alrededor era una broma más completa que nunca: colosal. Y exclamó científica­mente, en el colmo de su asombro:
-¡El degenerado... por el cielo!
-«Ven acá»- la voy, de Mrs. Verloc se elevó otra vez-.
¿De qué creía que yo estoy hecha? Dígame, Tom. «¡Ven acá!» ¡Yo! ¡Así! Había estado mirando el cuchillo y pensé que iba a ir ya que me deseaba tanto. ¡Oh, sí! Fui, por última vez... con el cuchillo.
Ossipon estaba demasiado aterrado de ella: la hermana de un de­generado... ella misma una degenerada, del tipo asesino o tal vez del tipo embustero. El camarada Ossipon bien podía decir que su terror, además de todas las otras clases de miedo, era también científico. Era un pánico desmesurado y compuesto, que por su mismo exceso le daba en la oscuridad una falsa apariencia de calma y deliberación meditada. Porque se movía y hablaba sin dificultad, a pesar de que estaba se­mihelado en voluntad y raciocinio, y nadie podía ver su cara lívida. Se sentía semimuerto.
Ossipon pegó un salto en el aire. Sin aviso, Mrs. Verloc había mancillado la impoluta, reservada decencia de su hogar con un estri­dente y terrible alarido.
-¡Ayúdeme, Tom! ¡Sálveme! ¡No quiero que me cuelguen!
Se precipitó hacia adelante, cerrándole la boca con una mano si­lenciadora y el chillido se apagó.


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