El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.189
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No tenía motivos para apresurarse. Al llegar frente al negocio observó que debía haber cerrado temprano. No había nada demasiado inusual en ello. Los hombres de servicio tenían instrucciones especiales acerca de ese negocio: no debían entremeterse en lo que ocurriese allí, a menos que se tratara de un desorden absoluto, pero todas las observaciones hechas tenían que ser recortadas. No había observaciones que hacer; pero por sentido del deber y por la paz de su conciencia, imputable también a ese dudoso revoloteo de la oscuridad, el agente cruzó la calle y tanteó la puerta. La cerradura de golpe, cuya llave reposaba para siempre fuera de servicio en el bolsillo del chaleco del difunto Mr. Verloc, resistió tan bien como otras veces. Mientras el consciente oficial sacudía el picaporte, Ossipon sintió que los fríos labios de la mujer se movían reptando hasta su oído:
-Si entra, máteme... mátame, Tom.
El agente se alejó, iluminando al pasar, con su linterna sorda, por simple fórmula, la vidriera del negocio. Por un momento más, adentro, el hombre y la mujer se mantuvieron inmóviles, jadeantes, pecho contra pecho; luego los dedos de ella se abrieron, sus brazos cayeron a los costados, lentamente. Ossipon se apoyó contra el mostrador. El robusto anarquista necesitaba un urgente sostén. Eso era tremendo. Estaba casi demasiado irritado para hablar. Pero con todo llegó a articular un pensamiento quejumbroso, demostrativo de que, al fin, comprendía su situación.
«Sólo un par de minutos más y me hubiese hecho tropezar contra ese tipo que hurgaba por aquí con su maldita linterna.»
La viuda de Mr. Verloc, inmóvil en mitad del negocio, decía con insistencia:
-Vaya y apague esa luz, Tom. Me volverá loca.
Vio apenas el vehemente gesto de negación del hombre. Nada en el mundo podía haber inducido a Ossipon a entrar en el cuarto. No era supersticioso pero ahí había demasiada sangre en el piso; un charco brutal alrededor del sombrero. Juzgó que había estado demasiado cerca ya de ese cadáver, para la paz de su mente... tal vez para la seguridad de su cuello.
-La llave de paso, entonces. ¡Ahí! Mire, en ese rincón.
La robusta sombra del camarada Ossipon, brusca y oscura, cruzó a zancadas el negocio y se agachó en un rincón, obediente; pero su obediencia no tenía gracia. Buscó a tientas, en medio de su nerviosismo y de pronto, detrás de la puerta vidriera, el sonido de fluencia ronroneante de la luz vaciló hasta un jadeo, el lamento histérico de una mujer. La noche, el inevitable gremio de las tareas honradas de los hombres sobre esta tierra, esa noche había caído sobre Mr. Verloc, el experimentado revolucionario, «uno de los de antes», el humilde guardián de la sociedad; el invalorable Agente Secreto .
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